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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








martes, 31 de octubre de 2006

Entre sus dedos


sus dedos se ensortijaban entre los tallos, secaban la humedad de mi rostro, peinaban la rugosidad del envés, afilaban mis perfiles lanceolados, yo me dejaba arrastrar entre el laberinto de sus tactos, me abandonaba a la tenue y cálida oscilación de sus jugueteos, sentía su recorrido largo y pausado sobre mis membranas, acompasadamente sus manos se abrían y se plegaban orantes, me acunaba la concavidad de sus palmas, luego me estremecí entre la tersura de sus yemas, un trenzamiento me envolvió sin saber muy bien dónde empezaban y dónde acababan las nervaturas de cada cual, me hirió una brisa afinada, me perdí, todo fue tan quedo, una presencia rescatada, un tiempo inmóvil, una ausencia tan grata de posesiones, después ella me acostó entre las páginas de uno de sus libros favoritos, allí desvanecí...

(Fotografía del checo Taras Kuscynskyj)

lunes, 30 de octubre de 2006

Escucha a Epicuro


Por qué desconfío de las tradiciones humanas, por qué huyo de los espectáculos repetitivos y amorfos. ¿Será porque ya me hartó su soniquete, porque me resultan opacas sus iconografías, porque tras el ruido está un silencio inexpresivo? Ese culto formal, vacuo, obligado incluso, exteriorizado e interiorizado a la vez, que gira en torno al estereotipo de la muerte me rebela. Se le reviste de recuerdo puntual, de procesión sentimentaloide, de consenso único, y a la postre de lo que cada vez se trata más es de convertirla en una celebración de consumo mediocre y trasnochada. Un día que aún vende poco, aunque la industria y el comercio, siempre vigilantes, aguzan su ingenio. El tema espanta demasiado y de los muertos más vale no acordarse mucho porque, a veces, tienen una larga mano. No olvidar que una vez vivieron. Y marcaron. La fecha ni siquiera resulta como fórmula para reflexionar y hacerse preguntas sobre el acontecimiento. La muerte no es sólo es un suceso (imprevisto o anunciado) ni siquiera un mero desenlace. Es sobre todo el acontecimiento. Dejar de ser es la conclusión (siempre repentina, nunca aceptada) en la obra representada. Ya decía Albert Camus en El mito de Sísifo:

"Para el actor como para el hombre absurdo, una muerte prematura es irreparable. Nada puede compensar la suma de rostros y de siglos que, si esto no hubiese ocurrido, habría recorrido. Pero de todas formas, se trata de morir. El actor está sin duda en todas partes, pero el tiempo también le arrastra y hace en él su obra"

El tabú -el miedo ancestral, subconsciente, compartido- nos hace vivir como si la vida no fuera a ser nunca posible. Como mucho, si el tema sale en conversaciones lo hace de modo morboso, urgente y transitario. Se invoca su alejamiento, se relativiza el riesgo, se olvida la proximidad. Me apetece, no para incordiar, sino para cordiar, para argumentar desde el corazón, traer aquí un texto impresionante del filósofo ateniense Epicuro (haceros idea: vivió entre 342-270 a.c.)

"Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya. A pesar de ello, la mayoría de la gente unas veces rehúye la muerte viéndola como el mayor de los males, y otras la invoca por remedio de las desgracias de esta vida. El sabio, por su parte, ni desea la vida ni rehúye el dejarla, porque para él el vivir no es un mal, ni considera que lo sea la muerte. Y así como de entre los alimentos no escoge los más abundantes sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso en el placer."

Epicuro bien merece una meditación y una calma. Hay más Tao en él de lo que parece.

(La fotografía surrealista es del norteamericano Ivan Cap y la expresionista del alemán Bill Brandt, no tienen pérdida)

sábado, 28 de octubre de 2006

Liberad la Red

Hay tantas cosas que le hacen hervir a uno la sangre. Por ejemplo. Que mientras los señoritos de lujo de Occidente (libertad de exclusión para el que no le guste el improperio) matamos horas en internet garabateando obviedades, emitiendo necedades o chascarreando fruslerías varias sin que nadie, de momento, nos pune por ello, en otras partes del mundo se las ven y se las desean por intentar emitir opiniones sobre lo que acontece en sus países con riesgo de su propia libertad.

Ya es sabido que desde hace poco los grandes proveedores de la Red (Google, Microsoft, Yahoo!) han proporcionado la llave técnica a los gobiernos de naciones como China, Arabia, Siria, Irán, Túnez o Vietnam para que puedan controlar a los disidentes, fiscalizar los contenidos y censurar los movimientos por la Red. Consecuentemente: los discrepantes u opositores pescados in fraganti sufren persecución y cárcel, como estipulan las leyes de todos estos Estados donde conceptos como derechos humanos, libertad y opinión no tienen cabida.

Amnistía Internacional lleva a efecto una campaña denunciando esto, y de su página http://irrepressible.info extraigo lo siguiente:

"Chats vigilados, blogs eliminados, sitios web bloqueados, motores de búsqueda restringidos. Personas encarceladas simplemente por publicar y compartir información.
Internet es una nueva frontera en la lucha por los derechos humanos. Con ayuda de algunas de las mayores empresas de tecnologías de la información del mundo, los gobiernos están tomando medidas represivas contra la libertad de expresión.
Con el apoyo del periódico británico The Observer, Amnistía Internacional ha emprendido una campaña para mostrar que la voz de las personas y los derechos humanos no se pueden reprimir ni en Internet ni fuera de Internet.

Internet es un medio excelente para compartir ideas y ejercer la libertad de expresión. Sin embargo, cada vez se intenta más controlarlo. Se tiene noticia de represión en Internet en países como China, Vietnam, Túnez, Irán, Arabia Saudí y Siria. Se persigue y encarcela a las personas simplemente por criticar a su gobierno, pedir democracia y mayor libertad de prensa o sacar a la luz abusos contra los derechos humanos a través de Internet.
Pero la represión en Internet no es exclusiva de los gobiernos. Las empresas de tecnologías de la información han ayudado a crear los sistemas que hacen posible la vigilancia y la censura. Yahoo! ha proporcionado a las autoridades chinas datos privados de usuarios de correo electrónico, contribuyendo así a que se hayan producido casos de encarcelamiento injusto. Microsoft y Google han atendido peticiones del gobierno para que censuraran activamente a ciudadanos chinos que eran usuarios de sus servicios.


La libertad de expresión es un derecho humano fundamental. Es uno de los más valiosos. Debemos luchar para protegerla."

A partir de aquí remito a cada cual a la página de AI, pero me parece importante que los blogeros emitamos nuestra denuncia a lo largo y ancho de esta tela de araña de la información. En este sentido, invito a que todos pensemos un poco en todos los censurados de la expresión y divulguemos nuestro apoyo. Hay que liberar la Red, porque nadie está libre del peligro del control y de la censura. Y desde los blogs debemos exigirlo.

(Sin acompañamiento de imágenes por deficiencias en el proveedor Blogger. Blogger, ¿están ahí, en algún punto del espacio cibernético? Hagan algo, please! No me gusta la letra que con sangre entra)

La oración exterior


Uno de los aspectos que siempre he advertido con perplejidad sobre la oración es la exteriorización del ritual. Y ello me ha llevado desde niño, es decir, desde mi propia experiencia, a hacerme preguntas. ¿Hay una concentración sincera y auténtica tras la pose? ¿Lleva esa fijación observante a un paso de meditación real y profundo sobre uno mismo? ¿Es una simple recitación de plegarias, salmodias y letanías varias? ¿Se trata de una homologación colectiva donde ya no importa tanto el individuo como la exaltación grupal?

Las formas de manifestación de la oración en las religiones del Libro tienen probablemente el mismo denominador común: crear unas señas de identidad puramente formales para adoptar unos aires de sumisión al ser superior, supuesto objetivo final de la dedicación. Y estas formas, sean el arrodillamiento de los fieles ante la cruz, la mirada perdida en las manos coránicas o los golpes de pecho ante el muro milenarista, proyectan esa caracterización de la oración a otro nivel. Se convierte en actitud colectiva, de masa, donde importa más el aparato, la exhibición, la manifestación de influencia y de poderío, la confirmación extensiva de la religión. Y entonces, ¿sigue coexistiendo con esa traslación al grupo la interiorización de cada individuo? Para que el individuo interiorice con sinceridad, ¿debe rehuir la presión exterior? ¿O está delegando su alma en el alma superior de la masa? Y ese alma de la masa, ¿no está obedeciendo acaso a una casta determinada que en nombre de todos lo que hace es imponer sus ideas? La entrega al ser superior en tu imaginario personal acaba siendo siempre la entrega a la casta organizativa que controla cada religión.

Formas de lenguaje son los rituales. Siempre complejos, siempre variados, siempre limitados, siempre herméticos. Observemos cómo a las maneras ya citadas de expresar la sumisión se añade el lenguaje verbal, o mejor dicho, una determinada manera de emplear ese lenguaje. Pero, ¿qué lenguaje verbal se utiliza? Se les llama oraciones, letanías, salmodias, rezos, es decir, frases recurrentes, palabras repetidas, axiomas verbalizados sin fin. En mi experiencia de infancia, el recuerdo de las repeticiones que me impuso la cultura católica no pudo ser más enigmático. ¿Qué me aportó aquello? me pregunté siempre. Al fin y al cabo, resultaba aburrido, lento, inacabable y la verdadera satisfacción llegaba al final, cuando terminaba la liturgia. Luego, ¿qué había quedado? Sólo se me ocurre una cosa: que si no toda mi alma al menos sí había entregado algo de ella y bastante de mi cuerpo, es decir, mi tiempo, mi dedicación, mi actitud, mi primogenitura emocional y mi capacidad intelectual. Puede que interiormente me proporcionara cero satisfacción y comprensión, pero a la tribu cristiana, a los planes de la Iglesia sobre mi, a la reafirmación de poder de tal entidad puramente humana le suponía un triunfo. Yo, y mis padres, y mis hermanos, y mis familiares, y mis vecinos, y todos los que bajo la denominación de fieles sucumbíamos a su influencia constituíamos gotitas que engrosaban el océano de su presuntuosidad, de su dominio, de su justificación, puramente humanas, digo nuevamente.

Claro que más allá de la oración planificada y pensada ad hoc, antes o después uno descubrió su propia capacidad de hablar consigo mismo. Y entonces la oración primariamente religiosa quebró y un nuevo discurso catártico y laico, es decir, libre, le mostró a uno el camino. Pero ésta, como suele decirse, ya es otra historia.

martes, 24 de octubre de 2006

La crisis


"...Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay sólo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir. Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso. Entonces, aproxímese a la naturaleza. Entonces, intente, como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde."

(La carta de Rainer María Rilke a Franz Xaver Kappus está fechada en París el 17 de febrero de 1903, pero qué actual, vigorosa y transfronteriza resulta...)

lunes, 23 de octubre de 2006

Robert Capa





De haber vivido habría cumplido hoy noventa y tres años. Una excusa tonta para que yo le traiga a colación aquí. Porque, ¿qué podía vivir de más un hombre que trazó una frontera indefinida y permanente entre su vida y el riesgo?

La fotografía sobre los tipos de este país dado en llamar desde muy antiguo España no hubiera sido la misma de no haberlos registrado un tal Ernö Andrei Friedmann. Este hombre de Budapest, nacido un 23 de octubre de 1913, cubrió una de las facetas más arduas y espeluznantes de la vida humana: la guerra. No sólo en España, donde su compañera Grenda Taro murió en el frente de Madrid, sino en China, en diversos países durante la Segunda Guerra Mundial y en la Indochina entonces francesa, donde finalmente halló la muerte a pie de foto.

No sé si era el poder y la seducción de la cámara lo que le arrastraba o el encendido arrojo por las situaciones difíciles de su tiempo o la atracción humana por los variopintos pobladores de las tierras o las causas utópicas pero justas que llevaban camino de ser perdidas. Acaso de todo un poco. Trasuntado para la posteridad en Robert Capa, el húngaro internacional hizo documento, y por lo tanto lenguaje, de sus tomas en la guerra civil española.















No puedo por menos que incluir aquí como homenaje a Robert Capa un poema cargado de métáfora del inmenso poeta peruano César Vallejo...

Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

10 de noviembre de 1937


Grenda Taro y Robert Capa, en París, en 1936.


domingo, 22 de octubre de 2006

Abogados del diablo


Se pelea esta noche con el teclado. No, combate contra su propia difusión. Quiere creer y no creer. Quiere buscar sin saber por dónde empezar. Quiere habitar otro territorio sin salir del anterior. Es y no es. Todo lo que hojea le parece adverso. Y sin embargo, acaso el camino.

"Me vi al cerrar los ojos:
espacio, espacio
donde estoy y no estoy"

Los versos de Octavio Paz le suenan a aviso. ¿Será la extensión de los sueños el lugar a poblar? Pero ¿qué ve? ¿Un páramo? ¿Un valle fértil? ¿Un manglar? ¿Un bosque? ¿Una urbe hacinada? Cabe esperar de los sueños la revelación. ¿O será simplemente el propio despertar la nueva tierra prometida? Saberse otro día más entre los vivos. Estar.

Esta manera de buscar es también la manera de abrirse camino. Escribe a saltos, a vuelo, a ocurrencia limpia. Son impactos, iluminaciones repentinas, destellos veloces. Este modo fragmentario sirve para colocar señales, sin saber con exactitud qué quiere transmitir. Y de pronto, aparece Roland Barthes como una premonición (que de paso fue también la suya)...

"Escribir por fragmentos: los fragmentos son entonces las piedras sobre el borde del círculo: me explayo en redondo: todo mi pequeño universo está hecho de migajas: en el centro, ¿qué?"

Pero este escribir por piezas inarticuladas, o articuladas por la improvisación, ¿no es la misma base del diario, es decir del blog? ¿O lo que está planteando es avanzar en rigor y en indagación? ¿O lo que está pensando es en adquirir otro cuerpo literario?


No duda de la seducción de las palabras, de la atracción por los temas, de la pasión por el modo en que se relata, se narra, se cuenta. Esa especie de emotividad convertida en razón y creencia le da sentido, le da placer, le refuerza frente a la nada. ¿La nada? ¿Considera toda la realidad exterior como la nada? ¿Hasta ese punto ha falseado los espacios visibles e invisibles, los existentes tangibles y los ficticios? Sí, todo lo demás puede ser la nada si no se la ama. Es más fácil querer lo irreal, lo imaginario, lo reconducido a la pared del fondo de la cueva. La realidad exterior es siempre tan dura...Y entonces llega Comte-Sponville, el filósofo, y le destroza:


"Los libros no valen más que en la medida en que nos enseñan a amar; por eso algunas obras maestras son irreemplazables, y por eso tantos libros no valen nada -¡y las novelas de amor, salvo excepciones, menos aún!-. Eso es una novela, se dice a veces, cuando se quiere decir: eso es una sarta de necedades y de mentiras. Pues sí, la mayoría de las novelas no son más que una novela, Tengo algo mejor que hacer: tengo algo mejor que vivir. Lo más urgente es dejar de mentirse. La verdadera vida no es la literatura: la verdadera vida es la vida verdadera"


Y aunque sabe que es un juego sofista y francés (ni Comte-Sponville se lo cree) cree captar la intención.


Esta noche tiene un pulso consigo mismo, que es también con esos abogados del diablo que pueden deconstruirle ilusiones. ¿O no hay como ver del revés las cosas para saber si tienen sentido todavía?


(Las fotografías son de la mejicana Tina Modotti y del alemán Karl Blossfeldt; el dibujo, del británico Aubrey Beardsley)

jueves, 19 de octubre de 2006

La pluma solitaria



Cuando sobre el papel la pluma escribe,
a cualquier hora solitaria,
¿quién la guía?
¿A quien escribe el que escribe por mi,
orilla hecha de labios y de sueño,
quieta colina, golfo,
hombro para olvidar al mundo para siempre?

(Del poema Escritura, de Octavio Paz, perteneciente a Libertad bajo palabra)


...le van abandonando las letras de la sangre,
y él recuerda aún las primerizas,
aquellas que aprendiera en tiempo breve
con un maestro viejo,
las que apurara bajo frías lunas de rebaño
y labor de madrugadas;
una vez fue que aquellos caracteres
se quebraron rabiosos
y grabaron en su piel con un molde de fuego
un texto irrenunciable en lejana contienda
que jamás eligió
-era su juventud echada a suertes-;
pero sobrevivió, fue un designado;
luego llegaron otras señales
y fijaron su tiempo al alfabeto
de la adaptación y el pluriempleo;
y vino la mujer y llegó el hijo
y los años no pasaron en balde,
como solía decir frecuentemente;
nadie lo duda: siempre escribió con sílabas estrictas
sobre las nuevas vidas que se abrían en su propia gramática;
mas los tiempos no perdonan
y siguen exigiendo más lápiz y papel,
aunque desaparezcan los personajes que se quieren;
y él siguió escribiendo;
hoy garabatea su decrepitud digna,
no puede dejar de hacerse una pregunta: por qué esta letra tan extensa
cuando todo está ya escrito.

miércoles, 18 de octubre de 2006

Bus Story


"Yo no te pedí nunca que vinieras.
Desabrochaste tú misma el vestido
y corrió tu sonrisa hacia mis labios"

Del poema East Broadway,
de J.M.Fonollosa
"Ciudad del hombre: New York"


Una mujer joven toma todos los días temprano el mismo autobús en la primera parada. Se sienta en el mismo asiento. Es la viajera solitaria con la que el conductor compensa o paga su buen ánimo o su mal humor, según el amanecer que haya tenido. Y ella concede o se aísla, tal sea el recibimiento. En la siguiente parada sube todos los días un hombre de edad superior. Se acomoda siempre enfrente o próximo a ella. Es un hombre asténico, no excesivamente alto, tiene los cabellos largos y morenos, los rasgos de su rostro no revelan ninguna procedencia lejana, va vestido adecuadamente pero sin ninguna elegancia excesiva y resulta en conjunto atractivo. Varias paradas después baja, antes de que ella lo haga en la suya. Nunca la mira. Sus ojos están pendientes del periódico, a veces echa un vistazo ocasional a los pasajeros que van entrando o se deja reclamar por el paisaje desde la ventanilla. Nunca coinciden sus miradas. Da la impresión de que él siempre se las ingenia para regatearla con acierto. O de que tiene otros ojos, extraviados en no se sabe bien qué dimensión. Queda siempre la posibilidad de que sea un hombre abstraído, reconcentrado, extraordinariamente miope incluso. Ella no le da importancia al principio; será un despistado, se dice. O uno de esos que gusta de recabar la atención sobre sí mismo de forma altanera. Mejor le ignoro, se dice. Con el paso de los días, la sorpresa se torna en una curiosidad que le acucia más y más. No se resigna. A pesar de que el hombre se sitúa ordinariamente en un radio de proximidad a ella, permanece hierático. A ella esta excesiva actitud de prudencia la molesta. La hiere. Sabe que no debe esperar nada de un desconocido. Pero siempre han accedido con facilidad los hombres más ignotos a ella y ella ha sabido estar. Ahora la mujer joven se siente mermada, incluso percibe cierto complejo por lo que considera un desprecio. No puede comprender que no se dirija a ella. Que no la envíe siquiera un mensaje gestual, una pista. Esto me tiene que pasar a mi, se dice. A ella, que es tan admirada en su ambiente, que hace quebrar las miradas y enmudece las conversaciones a su paso. Empieza a considerarlo un desafío. Un día, la mujer joven rompe su horario, olvida sus obligaciones, se baja tras el hombre de edad. Le sigue. Si no me mira, si no me habla, haré que por lo menos me vea desde otro ángulo, se dice. Camina detrás de él, llega incluso a situarse a su lado, pero el hombre acelera y un paso de peatones les divide. Le ha perdido. Se importuna. Lo que iba a ser un experimento puntual se repite. Al día siguiente, ella espera a que el hombre baje y perfile su dirección para ir tras él. Ella arriesga, se sitúa a su lado, se cruza, pero él no la advierte. Un tropel de gente los confunde y vuelven a extraviarse. Comienza a ser obsesivo para la mujer joven. Empieza a alterar sus hábitos, no llega diligente al trabajo, se descuida. Otro día más, la ansiedad la apura en el recorrido del autobús. Se advierte ruborosa, agitada. No se resiste a esperar la parada oportuna para levantarse. Está impaciente. Salta del asiento y se coloca tras él, junto a la puerta del autobús. Observa que no recibe aroma alguno de loción del hombre, ni siquiera de sudor, ni del gabán de él le llega una pizca de olor a naftalina. Hay algo que adivina, o cree que adivina, y se aprecia nerviosa y azuzada. Bajan, él aéreo, ella registrando sus pasos, sus movimientos, sus gestos. Ésta es la mía, se dice. Le
adelanta, se cruza, se gira casi en seco, atropelladamente, ante su figura. Él siente que va a chocar con alguien y la sortea de manera refleja, inadvertidamente. La vorágine de los madrugadores les oculta una vez más. Hay un plano de desesperación en la mujer joven que está haciendo mella en su estilo de comportarse, pero también en su esmero físico. Cuando durante una nueva jornada decide intentar el asalto en toda regla, se percata que le invade cierto desaliento. Se ve reflejada en la ventana, con un desaliño inhabitual, ojerosa, con expresión huidiza en la mirada. Suena el timbre de la parada acostumbrada. Lo que se ha convertido ya en un ritual exige la novedad. Ella está pensando en chistarle, en tocarle el hombro, en asirle del brazo y detenerle bruscamente. Puede simplemente pedirle disculpas, o preguntarle por una dirección, o fingir que se encuentra mal. Cualquier motivo que le induzca al hombre mayor que ella a preocuparse, a atenderla. Está indecisa, duda, se bloquea. De pronto se le ocurre. Cambiaré de táctica, se dice. Se la va a jugar, incluso se va a exponer a tener dificultades en el trabajo. Va a limitarse a seguirle, hasta donde él la conduzca. Hasta que el azar propicie la manera de hallarnos cara a cara y él no tenga más remedio que darse cuenta de que estoy ahí, se dice. Comienza a andar tras el hombre, crea una distancia prudencial, le controla atentamente. El trayecto empieza a ser dilatado. El tiempo, extensivo. Caen las horas, y la extraña procesión silenciosa y anónima atraviesa calles que ella no conoce, alamedas que le divierte descubrir, pero sobre las que no tiene disponibilidad de gozarlas. Tiene la sensación de salir de unos barrios que conoce y entrar en otros que no ha visto nunca. Y de nuevo a la inversa. Han pasado varias horas, y la mujer se palpa desasosegada, rendida, en zozobra. No es el caminar lo que la espanta, es más bien el no saber hacia dónde van sus pasos. Por un momento una luz la ilumina: soy ridícula, se dice. Pero es incapaz de romper la espiral de la inercia. Ha apostado demasiado y tiene que continuar hasta el final del enigma. Cuando cree que no hay salvación, que aquel peregrinaje puede tratarse tan solo de un sueño, reconoce la zona. Está anocheciendo y los neones y los escaparates le resultan familiares. El hombre y la mujer han llegado a la misma parada donde él acostumbra a tomar el autobús por las mañanas. La mujer se estremece. Un abatimiento caldea su cuerpo. Se indigna. Siente una cuchillada de rabia. Estoy loca, se dice. El hombre de cierta edad para el autobús. Se sube. La puerta se cierra. La mujer permanece rígida, debilitada, diluída. Mira al hombre, que se ha sentado junto a una ventana. Se echa a llorar coléricamente. Cuando arranca el vehículo, el hombre que se ha sentado junto a la ventanilla se gira y la contempla atónito. Ella no lo ve. Las lágrimas han acabado de precipitar la noche sobre su rostro.

"Y no he vuelto a encontrarte. Las aceras
se aprietan contra el muro, cuando ven
que yo voy por la calle sin ti, solo..."

(East Broadway, de J.M.Fonollosa, Ciudad del hombre: New York)

(Ilustraciones: el cuadro de tres personas y el de la la mujer de la rosa son del pintor expresionista alemán Otto Dix; el hombre del antifaz ha venido a pelo de la mano del estadounidense Michael Gibbs)

martes, 17 de octubre de 2006

Apocalipsis Caraco (II)


No hay día que transcurra que no surjan nuevas voces denunciantes: la Tierra ya no es lo que era. La vinculación del hombre con la naturaleza se ha quebrado, tampoco es lo que ha sido. Los hombres se están poniendo la soga al cuello, y el planeta puede que pase, pero los humanos no pasarán. Entre la ingenua sorpresa y la reacción apocalíptica hay comentarios para todos los gustos, desde los más moderados a los más radicales. A escoger según el nivel de temores y de ignorancias de las mentes conformepensantes. Los ecologistas, que no son legión, pero que son activos como si fueran legiones, vienen desempeñando desde hace décadas -junto con algunas asociaciones ciudadanas y otras espontáneas- ese papel profético. Sus averiguaciones, advertencias y hasta aparentes exageraciones apenas han calado. Las sociedades metaurbanas (hoy todas son prácticamente tales) no quieren vender sus timoratas seguridades a la corta por la racionalidad a la larga. No se apuesta por restablecer las relaciones con la naturaleza. Y esto es ir a la deriva. Hoy, la realidad cae por sí sóla. Quien no quiera verlo es ciego, sordo e insensible. Aunque las voces acusadoras callaran, la realidad habla con tales voces estridentes que se descubre y a la vez se descalifica. Las autoridades no han estado jamás al quite sino en pequeña medida, y hoy este país es una inmensa urbanización desmesurada y un sinfín de autopistas, donde el campo y las costas van desapareciendo sin remedio. La desmesura, la irracionalidad y el desprecio son las manifestaciones de las constructoras y su corte de empresas en cascada. El efecto: saquear los espacios físicos y desestructurar las redes de convivencia. Que nadie se escandalice de la punta de iceberg de la corrupción urbanística e inmobiliaria que está apareciendo: era una crónica sospechada y sabida que no s eha cortado. Ahora, ya es demasiado tarde. Sólo cabe esperar a la burbuja inmobiliaria para que, si al menos no ponga las cosas en su sitio, paralice a lo bestia la barbarie. Aunque dudo que una hija del crimen sea capaz de poner justicia sobre el crimen mismo. Y estas reflexiones me vienen a las mientes, mientras leo una parrafada del libro Breviario del caos, de Albert Caraco, el escritor de origen judío nacido en Estambul y que vivió sus últimos años en París. Es un texto incómodo, duro, desgarrador, diría, excesivo. Puede o no tener razón, pero rabia no le falta y sangra de profetismo por todos sus costados.

"El mundo es feo, lo será cada vez más, los bosques caen bajo el hacha, las ciudades crecen engulléndolo todo, y por doquier los desiertos se extienden, los desiertos son también obra del hombre, la muerte del suelo es la sombra que las ciudades proyectan a la distancia, ahora se une a eso la muerte del agua, después será la muerte del aire, pero el cuarto elemento, el fuego, subsistirá para que los otros sean vengados, por el fuego nos tocará morir. Caminamos hacia la muerte universal y los más enterados lo saben, saben que no hay remedio para esas calamidades desencadenadas por las obras, son trágicos entre los frívolos, guardan silencio entre los charlatanes, dejan esperar a unos lo que otros les prometen, no se entrometen en advertir a los primeros ni en confundir a los segundos, juzgan que el mundo es digno de perecer y que la catástrofe es preferible a esta expansión en el horror absoluto y en la fealdad perfecta, que no nos serán evitadas más que al precio de la ruina. ¡Que la ruina sea y que la disolución se concluya! Preferimos lo irreparable que la supervivencia en un nuevo fracaso."

(La anfitriona del post, llamada Lady Calavera, es obra del genial ilustrador mejicano de la segunda mitad del siglo XIX José Guadalupe Posada; los otros dos grabados son de Michael Gibbs, norteamericano)

lunes, 16 de octubre de 2006

Amateur viene de Amar

"Para cualquier originalidad es preciso tener el valor de ser un amateur"
Wallace Stevens, "Adagia".


Aquella violenta sacudida contada en el Génesis ha ido a misa desde el principio de los tiempos. Desde los primitivos recolectores, luego cazadores, más tarde pastores nómadas, posteriormente agricultores, más tarde manufactureros urbanos hasta este apéndice provisional de la cibernética en que moramos, la historia se ha repetido millones de veces. Ya nadie duda de que el mito de la expulsión del Paraíso imponiendo el modo (ajeno) y la manera (dura) de ganarse el pan es una condición ineludible para la supervivencia. O de respuesta biológica y perentoria, como gustan decir los monitores de la integración en los cursos de inteligencia emocional que hoy pululan en el mundo de las empresas. Y siempre una justificación tramposa también.

Pero a lo largo de las épocas, ni la obra de cada humano ha sido suficiente motivo para sentirse algo más que homo laborioso, ni a ciertos individuos les basta con ejercitar solamente el trabajo que les cubra sus necesidades elementales. Algunos, qué osados, hasta quieren desarrollar sus aptitudes ocultas. Más allá de sus obligaciones, de sus exigencias y de sus dificultades. Sin precio, sin límite, sin temporalidad.

Es verdad que, por el contrario, hay también una especie de seres que jamás haría nada que no les fuera contractualmente remunerado o reconocido de diversas maneras sin que medie una transacción; a este género de criaturas no es imaginable verlas ocupar su tiempo leyendo, participando en una asociación cívica, cooperando en un banco de alimentos o inventando algún artilugio simplemente por amor al arte.

Dice Roland Barthes en "Barthes por Roland Barthes":

"El Amateur (el que practica la pintura, la música, el deporte, la ciencia, sin espíritu de maestría o de competencia) conduce una y otra vez su goce (amator: que ama y ama otra vez); no es para nada un héroe (de la creación, de la hazaña); se instala graciosamente (por nada) en el significante: en la materia inmediatamente definitiva de la música, de la pintura; su práctica, por lo regular, no comporta ningún rubato (ese robo del objeto en beneficio del atributo); es -será tal vez- el artista contra-burgués".

Siento una pecular debilidad por ese tipo de personajes desinteresados, capaces de ocupar parte de su tiempo, de dedicar su pensamiento, de elaborar ideas, de prestar sus habilidades manuales y de canalizar sus emociones con ocupaciones entregadas y sin esperar nada a cambio. O sí, esperar como mucho encontrarse a otros como ellos que les otorguen una mínima carta de creencia. Suena a utopía, casi a irrealidad, pero los he conocido, los he tratado, y hasta me han contagiado desde lejanas eras marcadas más por las carencias y las insuficiencias que por las disponibilidades materiales. Han sido criticados por los transeuntes, ignorados por los colegas e incomprendidos por los más allegados. Y sin embargo, sus obras (por nada) se confunden con las de los profesionales (por todo), ajenos al exhibicionismo de estos, ausentes a que otros pretendan apuntearse sus creaciones, vibrantes en sus ilusiones silentes o como mucho euforizantes.

Escuchemos lo que dice Arthur Schopenhauer en su ensayo "La erudición y los eruditos":

"¡Dilettantes, dilettantes! Éste es el término de desprecio aplicado a aquellos que cultivan una ciencia o un arte tan sólo por el goce que experimentan, per il loro diletto (por el propio placer) llamados con desprecio por aquellos que se consagran a lo mismo con miras de provecho, y no se sienten atraídos hacia ello más que por la perspectiva del dinero que ganarán. Tal desprecio descansa sobre la baja persuasión en que se hallan de que nadie emprenderá seriamente una cosa si no es empujado a ella por la necesidad, el hambre o algún instinto de este género. El público está animado del mismo espíritu y adopta el mismo criterio, de donde su respeto habitual a las gentes del oficio y su desconfianza respecto a los aficionados. En realidad, el aficionado considera la cosa como un fin, y el hombre del oficio solamente como un medio. Pero sólo aquel que se interesa directamente en una cosa, y que la practica por amor, con amore, la tomará completamente en serio. De esta clase de hombres, y no la de los mercenarios, han salido siempre las mayores iniciativas".

Después de todo, el que pone en marcha un blog y lo mantiene y lo enriquece en la medida de sus posibilidades, de su ingenio y de su prospección, ¿no cumple los requisitos de los que hablan Stevens, Barthes o Schopenhauer? El amateur, en fin, es un ejemplo más de esas manifestaciones libres y rompedoras del espíritu humano que, en medio del océano de intereses, servidumbres y apremios de nuestro tiempo, decide calzar sus pasos con una perspectiva deleitosa.

(Las manos que pelan la manzana son, una vez más, del pintor español Luis Quintanilla; las ilustraciones en azul corresponden al creador norteamericano Michael Gibbs)

domingo, 15 de octubre de 2006

Las muecas



Se encuentra con una foto perdida. Sugiere un paseo vespertino, o tal vez dominical. De punta en blanco, el trío toma apaciblemente la calle, en un tiempo en que calzada y aceras sólo se delimitaban tenue y geométricamente, no compitiendo. Pudiera decirse que se exhibe, no sólo para el fotógrafo que acechaba en el lugar. Él va haciendo muecas. Era muy propio del niño estar con frecuencia gesticulante, encogiendo los labios, ahuecando los carrillos, moviendo las mandíbulas, enarcando las cejas, despellejándose los padrastros, olisqueándose la piel. Siempre tuvo una relación con su cuerpo muy reclamante, sin conocer nunca la causa de aquella conversación interior de manías y rarezas de las que no se desposeía siquiera para la foto. Acaso fuera la expresión domada de la energía del niño que hoy se llamaría hiperactivo, puesta a prueba por las conductas de los mayores y traducida a actitudes interiorizadas para mantener el orden exigido. Su madre le lleva de la mano con firmeza y él se deja llevar. Su madre riza la elegancia de la mujer adulta, demasiado adulta, que no quiere perder un estilo aparente con el que se siente identificada, que le da sentido y la eleva. No se diría que es la mujer de un empleado, pero esa especie de aire superior digno y medido no lo ejercita para imponerse a nadie, sólo para sentirse reconocida en su majestuosidad galana. Al tomarla del brazo, la sobrina púber la afianza, y con su paso cambiante y su gesto coqueto rompe el paso afín de la madre y del hijo. Él puede ver ahora mismo tras esta fotografía, más allá de ese desfile apacible de una tarde de primavera, un parque, un barquillero, una casa, unos vestidos desparramados por las camas, un frutero, unos tebeos, un botijo, un patio donde juegan las vecinitas. Puede oir los grititos de las niñas cuando él las esconde los zapatos, las levanta las faldas, las quita sus Floritas y sus Pulgarcitos. Puede verse a sí mismo combatiendo nerviosamente el tedio de los veranos, desafiando la siesta de su mayores, jugando a solas, creando personajes con los que parlotea y a los que da órdenes. Apenas reconoce la ciudad de la foto. Cuando los árboles convertían las calles principales en modestas alamedas y la aparición del automóvil era aún ocasional y expectante. Se queda callado. Ve y oye y huele y percibe tantas sensaciones del pasado con la foto entre los dedos que corre peligro de extraviarse en la melancolía. Y al final siempre temiendo la pregunta: si uno era tan aproximadamente feliz entonces, ¿en qué momento y por qué perdió la inocencia? Tal vez porque junto a imágenes y olores y gustos y entretenimientos se iban manifestando otras percepciones en que los roles de la Sagrada Familia empezaban a atosigarlo, a valorarlo fuera del cuento, a otorgarle obligaciones y exigencias cada vez más rigurosas, que a él le llevaba su tiempo asumir...Esto ve también tras la fotografía, aunque de ella esté ausente circunstancialmente el Padre, del que no se puede desprender ni en el recuerdo. Ahora cae en un párrafo que leyó recientemente en las Confesiones, de Rousseau:

"Imagínense ahora un carácter tímido y dócil en la vida corriente, pero altivo e indomable en sus pasiones. Un niño dirigido siempre con la voz de la razón, tratado siempre con dulzura, equidad, benevolencia, extraño todavía a la idea de injusticia..."

Decide parar en seco la lectura y su recordatorio, no quiere ir más lejos. Recordar un poco más le conectaría seguidamente con el conflicto, y no es momento de ir hacia la noche oscura de modo más oscuro. Simplemente se acuerda de la razón intuitiva de unos versos leídos en La casa encendida, de Luis Rosales, aquellos que dicen:

"LA INFANCIA NO NOS VE,

no se mira el espejo en nuestros ojos,

no ha empezado a mirarse,

no ha aprendido a mirarnos aún con la mirada aquélla

de los ojos del hombre..."

viernes, 13 de octubre de 2006

Ciao, Gillo


Nunca le estaremos suficientemente agradecidos. Nos transmitió que el cine no es sólo arte en estado etéreo. Ni comercio en taquilla putrefacta. En la década de los setenta del siglo pasado la apuesta por el cine político tenía un nombre que aquí en España convocaba a los jóvenes de los estertores de la dictadura. Gillo Pontecorvo reventó la historia falseada y oculta de los colonialismos francés y español con películas como La batalla de Argel o Queimada, que tuvieron enorme aceptación entre nosotros.

Ambas fueron objeto de abundantes y enfervorizadas discusiones entre las generaciones rupturistas y, como se dice ahora, de culto entre quienes buscábamos en aquellos momentos tensos y expectantes más política que cine. Pero Pontecorvo estaba ahí para demostrarnos que ambos conceptos no tienen por qué ir separados. De hecho no lo están. Y como se suele decir tantas veces, en cine la cuestión no es si un género vale más o interesa más que otro, o si es cuestión de géneros o de autores, o si habla de amor o de guerra o de vida cotidiana anodina.

La clave reside en que una realización o es buena o es mala, no importa si se trata de comedia, de drama, de cine documental o de cosa diferente. Yo creo que Pontecorvo aportó un puñado de granos de arena inteligente y crítico. A mi, al menos, me sirvió para interesarme más por el conocimiento de la historia y prospectar con más olfato como espectador en lo que nos ofrecía la larga mano cinematográfica. Lamento no haber visto más películas suyas (Operación Ogro nunca me pareció una gran película, no obstante el tema directo que trata), y las últimas se me escaparon de mala manera, pero acaso algún día pueda tener acceso a ellas.

Mi pensamiento de esta noche no va por ahondar en las calidades del cineasta muerto hoy, algo que me supera, sino rescatar silenciosamente del cajón de la memoria personal las emociones que nos sucitaban este tipo de cine. Más recientemente he intentado ver de nuevo La batalla de Argel, pero es curioso cómo sigue afectándome profundamente el retrato de la Historia que, como bien demuestra Pontecorvo, es brutal pero también irreversible.

(Junto a la fotografía de Gillo Pontecorvo, dos fotogramas de La batalla de Argel)

Pamuk con té o con café

Estaba leyendo amablemente desde hace unos días un libro titulado Estambul, de un escritor turco del que apenas sabíamos. Lo saboreaba, me dejaba embriagar por aromas y recuerdos perdidos. A veces recorría ávido y nervioso sus páginas buscando las claves de una ciudad legendaria, como antes lo hiciera con la Praga Mágica de la mano de Ripellino. El acompañamiento además de fotografías bien históricas de la ciudad, bien personales del autor, estimula y vincula la lectura a un mundo que escasamente conocemos. Mira por dónde hace escasos posts yo criticaba el tema de los premios... y zas, va la Academia Sueca y me derriba. Imprudente de mi. No tengo conocimiento de causa excesivo sobre si la concesión del Nobel a Orhan Pamuk es conforme a suficientes méritos literarios (¿cómo se valoran?) o si es oportunidad política (¿por qué no valorarla?) por el hecho de que Turquía llama a la puerta europea. En los próximos días ya se encargará la prensa de decirnos algo al respecto. Pero eso es lo de menos. Sólo sé que el libro me está gustando y que reconozco las voces que Pamuk ha levantado siempre por el reconocimiento pleno de los derechos humanos en Turquía. Que haya tomado partido condenando además el genocidio armenio de 1915 le honra doblemente. Adjunto unos párrafos diferentes para ser degustados con té o con café...

"...Desde mi niñez siempre he vivido en algún altozano desde el que se veía y se controlaba el Bósforo, aunque fuera de lejos y entre edificios, cúpulas y colinas. Posiblemente por el significado moral que comporta el poder ver el Bósforo aunque sea de lejos, en las casas de Estambul la ventana que da al mar ocupa el lugar del mihrab de las mezquitas (o del altar de las iglesias, o del tevan de las sinagogas) y los sillones, sofás, sillas y mesas de comedor se disponen de manera que miren siempre en esa dirección. Otra consecuencia de que el Bósforo se vea desde las casas es que desde un barco que entre en el estrecho desde el mar de Mármara se ven millones de codiciosas ventanas abiertas que se cortan la vista, que se cortan el paso despiadadamente para poder atisbar el Bósforo y dicho barco..."



"...Mi punto de partida había sido la sensación de un niño que miraba una ventana cubierta de vaho. Ahora llegamos a lo que diferencia la melancolía de la amargura. Nos aproximamos no a la melancolía que siente una persona individualmente, sino a ese sentimiento oscuro compartido por millones, a la amargura. Estoy intentando hablar de la amargura de toda una ciudad, de Estambul...la amargura, que tanto se parece a la melancolía y que nosotos asumimos con orgullo y que compartimos como comunidad. Eso significa que hay que observar los lugares y los momentos en que se confunden el sentimiento mismo y el entorno que hace que la ciudad lo sienta. Hablo de los padres que regresan a casa con una bolsa en la mano bajo la luz de las farolas suburbiales en noches que caen demasiado pronto. Hablo de los libreros ancianos que se pasan el día tiritando de frío en sus tiendas esperando un cliente después de una de esas crisis económicas que se producen cada dos por tres; de los barberos que se quejan de que los hombres se rapan y se afeitan menos después de las crisis..."


Lo siento, tengo que dejarlo, la continuación de la lectura me espera. Y eso es materia reservada e íntima para mis propios sueños.

jueves, 12 de octubre de 2006

Los no salvados






"...y vide otro ángel que subía del nacimiento del sol, teniendo el sello de Dios vivo. Y clamó con gran voz a los cuatro ángeles, a los cuales era dado hacer daño a la tierra y a la mar, diciendo: No hagáis daño a la tierra ni a la mar ni a los árboles, hasta que liberemos a los siervos de nuestro Dios en sus frentes.

Y oí el número de los señalados: ciento cuarenta y cuatro mil señalados de todas las tribus de Israel.

De la tribu de Judá doce mil señalados. De la tribu de Rubén doce mil señalados. De la tribu de Gad doce mil señalados. De la tribu de Aser doce mil señalados. De la tribu de Neftalí doce mil señalados. De la tribu de Manasé doce mil señalados. De la tribu de Simeón doce mil señalados. De la tribu de Leví doce mil señalados. De la tribu de Isacar doce mil señalados. De la tribu de Zabulón doce mil señalados. De la tribu de José doce mil señalados. De la tribu de Benjamín doce mil señalados.

...Y el quinto ángel tocó la trompeta. Y vide una estrella que cayó del cielo en la tierra y fuele dada la llave del pozo del abismo..."

(Del Apocalipsis o Revelación de San Juan el Teólogo, según la traducción de Casiodoro de Reina, recogida en La Biblia del Oso, publicada en Basilea en 1569)


Conflicto de Irak
Más de 600.000 muertos en Irak desde 2003


WALTER OPPENHEIMER Más de 600.000 iraquíes han muerto a causa de la violencia desde que Estados Unidos invadió el país en marzo de 2003, según un estudio publicado ayer en la edición electrónica de la prestigiosa revista médica británica The Lancet. El estudio señala ahora que la violencia va en aumento en Irak y que las tropas extranjeras son responsables de una de cada tres muertes violentas en el país.

Sean o no exactos los datos, la cifra negra sobrecoge. Está claro que estos miles de iraquíes no eran ni por asomo los ciento cuarenta y cuatro mil que fueron señalados por Yahvé para ser salvados. Ante esta barbarie, a la que Occidente se ha acostumbrado anodina y egoístamente, es evidente que las metáforas se evaporan, los símbolos se parten como cristales y las políticas se disuelven por las alcantarillas. Algo hiede en el mundo y no hay Dios ni Alá no Yahvé que esté más que para ser unas sombras de su propio vocablo.

(Las fotografían gritan por sí solas. El dibujo titulado Destrucción es del pintor republicano español Luis Quintanilla)

Las hormas


Orfandad de las hormas. Los ángeles abandonan el corazón del bosque. Sólo se espera la incursión de los bárbaros. Su hieratismo estremece. Entre el equilibrio y la prueba. Desafío de la adaptación. Una estructura aparentemente firme, casi inmóvil. Canon de la robustez. Alternancia de sensaciones: ora se sienten encorsetadas, ora liberadas.

Transitamos el tiempo, proseguimos echando raíces, ilusiones que nos permitan sobrevivir en el fragor de la cotidianidad. Una raíz no es un origen, es un ancla. Pretensión de arraigo, conjura para no perecer. Siempre pendientes de una cadena, de un hilo, de una vinculación, de un azar.

En la imagen hay algo de navío varado o de náufrago en pleno rescate o de hallazgo secular bajo la capa arcillosa y reseca de un terreno baldío o de quijada descarnada o de anciano de la tribu discurriendo consejos para las nuevas generaciones. Hay nobleza en el semblante de la horma, mas su condición pendular la mantiene sujeta a otros poderes que se nos ocultan a la vista.

Lamentándonos silenciosamente, resistimos: entre sujeciones, apegos, vaivenes. Sentimos que la costra crece y que nos vamos dotando de una pátina descolorida, de una callosidad agrietada, de una gravedad densa. El precio de la quebradiza perduración es como en la horma. Mas nuestros modelos son siempre efímeros.

(Fotografía de Chema Madoz)

martes, 10 de octubre de 2006

Rothko de noche


Él dice que le arde la cabeza. Que el día ha sido denso. No sabe si los pensamientos pesan. Sospecha que el volumen de su capacidad craneal apenas admite ya la estupidez del entorno. Se han cruzado miles de fogonazos laboriosos , para qué. No se le oculta que mañana Sísifo subirá de nuevo a la montaña a arrojar la piedra. Ha leído la prensa yacente del mundo, más cerca de la nada. Las noticias llegan preñadas de desesperanza. Eterno pulso de las viejas humanidades que quieren seguir siendo como dioses. Al anochecer los colores ya no son suaves. No son. La electricidad ilumina la escena con dudosos tonos. Cierra los ojos. Bajo los párpados sólo percibe rojos, amarillos, naranjas. Fogosidad y una línea negra desplazando los volúmenes. No hay fronteras bajo las pupilas que le bailan. Sueña con un poema de Eugénio de Andrade, y se abandona...

Homenaje a Mark Rothko

Amarillo, naranja, limón,
después el carmín: todo arde
en la arena
entre las palmeras y el mar -era verano.
Pero en el lugar de tu nombre
la tierra tiene el color del verde
pensativo, que sólo la noche
pastorea suave
.



Los premios

Viene un flash a mi cabeza. Me veo a mi mismo con pantalones cortos luciendo una mediocre medalla de hojalata, o recogiendo un trozo de papel amarillento en cartulina que lleva el pomposo título de diploma...Próximo a fin de curso el colegio hacía su representación de prestigio. Una ceremonia. El negocio era el negocio. La religión aseguraba la calidad moral. Respaldaba a la institución. La justificaba. Pero la entidad debía de probar su calidad social. Dicho de un modo más claro: que el producto que vendía, ese recurso primitivo y de andar por casa denominado la enseñanza, adquiría un nivel elevado de manos de sus profesionales entregados de por vida a la causa.

¿Qué mejor estratagema publicitaria que el numerito anual del reparto escolar de premios, en presencia de todas las fuerzas vivas y sufrientes? Allá, en el Gran Teatro, puesta en escena a cargo de los profesores, de los padres, de los alumnos, de la autoridades administrativas. El coro entonando el Himno del Colegio. La solemnidad como coartada. Consenso: el centro escolar se evaluaba a sí mismo a través de una liturgia. El discurso: he ahí a los ganadores, que se diría ahora. He ahí a los mejores, pregonando el remedo de la pseudoaristrocracia de provincias. Incluso el presentador del ritual arriesgaba: he ahí a los triunfadores de la España del mañana. Proyección: el premio debía ratificar la confianza en los mismos esforzados.

Debía suponer también un ejemplo para los que no habían llegado al baremo necesario (por alguna parte había que cortar, si no los selectos no podrían ser los selectos) Y siempre constituiría una esperanza para el montón y la posibilidad salvífica para los fracasados. Yo nunca capté muy bien aquello de los premios escolares. Tal vez porque los míos eran de segunda o tercera fila, y no apuntaba a ninguna conquista espacial en mi propio planeta del futuro, nunca creí demasiado en ellos ni me sentí excesivamente afectado por el supuesto prestigio social de pacotilla que podían acarrear. Pero siempre me preguntaba: ¿serán los premios simplemente lo opuesto a los castigos? A mi me parecía que el catecismo eclesiástico seguía yendo por ahí, extendiendo su larga mano. Y que aquel principio fundamental de los buenos y malos, y su lucha atroz a través de los intermediarios celestes e infernales, consolidado a cristazo limpio como el gran argumento falso y recurrente en nuestra santa infancia, se manifestaba también a través de los repartos de premios. Más tarde, uno va reparando en que era un caso más. Que se trataba de un ejemplo, extendido ampliamente a lo largo y ancho del país, pero no el único. En lejanos tiempos se crecía entre premios por doquier: había premios a la natalidad y a las familias numerosas, al mérito al trabajo, a las hazañas heroicas y guerreras...Éste siempre ha sido un país con pedigrí en materia de premios. Algo así como el reconocimiento a lo que los más modernos de entonces llamaban emulación. La lenta puesta al día de un país diezmado, atrasado y degollado culturalmente trajo consigo nuevos modelos ejemplares. Las artes empezaron a ser más reconocidas y celebradas oficialmente, y con ellas la literatura. Cierto que los premios literarios eran más bien una creación mixta, donde había parte de interés editorial y parte de ganas de la autoridad por prestigiarse. Y como al principio eran escasos y tenían otro tono, más creíble por increíble, su relativa calidad ética fue ampliamente aceptada.


¿A dónde quiero ir a parar? A ninguna parte, son devaneos míos, sin más, porque intuyo que viene la temporada de cosecha de premios. El nombramiento de los Nobel de este año, que se van produciendo estos días a cuentagotas, revela que los Premios no son un fenómeno estrictamente español, y al menos nos quita ese complejo que hemos tenido algunos de que sólo España ha sido proveedora tradicional . A imagen y semejanza de los Nobel, el Estado español se inventó hace años el Príncipe de Asturias, y para no ir a la zaga cada comunidad autónoma que se precie ha ido generando los propios, y por efecto cascada no te cuento lo que dan de sí las provincias. El malpensado que me escuche opinará que lo que me sucede es que tengo envidia. Y que seguramente lo que oculto con este tono crítico es un subconsciente no satisfecho en las tiernas edades por el aliciente del estímulo y el ejemplo. Y podría ser. Pero cuando leo la opinión que el autor austriaco Thomas Bernhard, cuyo talento literario me merece admiración y placer, tenía sobre la concesión de los premios, no puedo por menos que carcajearme por su iconoclastia.


Las concesiones de premios, si prescindo del dinero que reportan, son lo más insoportable del mundo, había tenido ya esa experiencia en Alemania, no ensalzan, como creí antes de recibir mi primer premio, sino que rebajan, y por cierto, de la forma más humillante. Sólo porque pensaba siempre en el dinero que traen las soportaba, sólo por esa razón fui a los más diversos ayuntamientos viejos y a todos esos salones de actos de mal gusto. Hasta los cuarenta años. Me sometí a la humillación de esas concesiones de premios. Hasta los cuarenta años. Dejé que me defecaran en la cabeza en esos ayuntamientos y salones de actos, porque una entrega de premios no es otra cosa que una defecación en la cabeza de uno. Aceptar un premio no quiere decir otra cosa que dejarse defecar en la caeza, porque le pagan a uno por ello. He sentido siempre las concesiones de premios como la mayor humillación que cabe imaginar, no como una exaltación. Porque un premio se lo entregan a uno siempre sólo personas incompetentes, que quieren defecar en la cabeza de uno y que defecan abundantemente en la cabeza de uno si se

acepta su premio. Y están en su perfecto derecho de defecar en la cabeza de uno, que es tan abyecto y tan bajo como aceptar su premio. Sólo en la mayor necesidad y cuando están amenazadas la vida y la existencia, y sólo hasta los cuarenta años, se tiene derecho a aceptar un premio que lleva consigo una suma de dinero o, en general un premio o una distinción. Yo acepté mis premios sin estar en la mayor necesidad ni tener la vida y la existencia amenazadas, y con ello me hice abyecto y despreciable y, en el sentido más exacto de la palabra, repulsivo.”



(Los lagartos desplazándose es un dibujo de Escher; la Y de tirador es una foto de Chema Madoz; la pintura de los diablillos carcajeantes es de Alberto Quintanilla; el hombre con paraguas y el hombre sentado es Thomas Bernahrd)

domingo, 8 de octubre de 2006

Anna Politkovskaïa


todo
todo es tan terrible
y la noche se cierne sobre quien busca
la luz



El amor según el filósofo

Rainer Maria Rilke le escribe a Kappus en Cartas a un joven poeta: "Debemos atenernos a lo difícil. Todo lo que se vive se atiene a ello. Es bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, porque el amor es difícil..."


El tema es antiguo y acaso eterno, y siempre siempre continuo. Objeto de análisis permanente de los filósofos, de sesudos psicoanalistas, de perspicaces novelistas y hasta de morbosos confesores, nos sigue deparando criterios hasta de última hora. No me aguanto por transcribir algo recientemente leído...

"...La sabiduría no es la ciencia; ninguna ciencia tiene el rango de sabiduría. No se trata de averiguar lo que se ignora, sino de habitar lo que se sabe, de amar lo que se sabe. La sabiduría no es una verdad más, es el goce, el disfrute de todas ellas. Ahora bien, quien sabe gozar o disfrutar plenamente de una sola, sabe gozar y disfrutar del conjunto al que pertenece. Para amar las estrellas, ¿qué necesidad tienes de saber cuántas hay? Y para amar a un hombre, ¿qué necesidad tienes de saberlo todo de él? Ahí está, ante ti, absolutamente verdadero, hasta en sus mentiras, absolutamente real hasta en sus sueños...Si no conocieras nada de él (al menos su existencia), no podrías amarlo, seguro; ¡pero sería una locura querer conocerlo en todos sus detalles (¡en todos sus desgraciados e inagotables detalles!) antes de amarlo por entero!...


...¿Qué voy a decirte? También el horror es verdadero, y el odio. Pero, justamente, ¿qué pueden ambos contra la verdad que les contiene? ¿Y contra el amor? ¡Todos sabemos muy bien que el amor fracasa!, pero eso les sirve como argumento a quienes prefieren el éxito al amor, los ganadores, como se dice hoy en día. ¡Que les aproveche! ¿Y para nosotros, los que preferimos el amor al éxito? ¡El fracaso del amor no es una refutación en su contra! ¿Es la muerte una prueba contra la vida? ¿Es el fracaso una prueba contra la entereza y la valentía? Ésa es la verdad del calvario: el amor es débil, el amor sufre, el amor muere...Hay que saberlo. Pero eso no quita un ápice al amor o, en todo caso, no le quita más que sus ilusiones. Verdad del amor, verdad de la desesperanza. Esta verdad vale por muchas otras y ella sola basta..."



Sólo es un pequeño párrafo de una de las tres entrevistas que bajo el título de EL AMOR, LA SOLEDAD efectuadas al filósofo francés André Comte-Sponville, se publica en Paidós. La vertiginosa agilidad y la luminosa argumentación de las respuestas constituyen una seductora lectura de fin de semana.

sábado, 7 de octubre de 2006

Un mundo para Oguzcan



La noche trae aromas del Bósforo. La ciudad secular no cesa. Los silencios son ausencias. Antiguas religiones salpican la geografía del aire con sus salmodias. Las sirenas de los buques se desparraman por las riberas del estrecho y alcanzan las colinas. El olor a comida de los mercados nocturnos se extiende por las callejuelas de los barrios del puerto. Llega una brisa cálida. El sueño se desvanece. Un neón ilumina a golpes de hipo mi cuarto. Un gramófono cercano destella unas notas envolventes de Debussy. Es la ocasión. En una librería de viejo he encontrado este mediodía sorprendentemente una edición bilingüe de Un mundo para dos.

Pocos saben de esta obra y de su autor, Ümit Yasar Oguzcan. Pero éste es el lugar apropiado para leerlo. La vida de Oguzcan debió ser tormentosa. Las relaciones siempre son difíciles. "Dicen que escribo demasiado y que me enamoro con frecuencia; sin embargo yo pienso que escribo poco y que no me enamoro lo suficiente. ¿Quién no querría ser fértil y vivir siempre enamorándose?" Pero Un mundo para dos, aun siendo un libro de amor, es una obra de recorridos. No sólo porque la música, la pintura y las geografías están presentes en sus versos, sino porque es un hombre que prospecta intensamente. ¿Sólo a través del amor?

Como para todos los seres, para él la vida es un vaivén de felicidades y desdichas -otros dirían más sutilmente de encuentros y desencuentros-, que probablemente se explicita de manera más evidente y cruda en el mundo afectivo. Y la poesía es el instrumento para representar y conjurar en cierta manera sus pulsiones profundas. "No puedo decir que sea un poeta que no ha encontrado su camino. Busco siempre lo mejor, lo más bello y lo más nuevo. Considero que para ser renovador y duradero es necesario estar siempre en búsqueda". ¿No está claro el mensaje? Sólo es una invitación. Me apoyo en el cabecero de la cama, y a la media luz de la mesilla de la habitación comienzo a hojear las páginas. Oigo su voz. Recita el poeta turco Ümit Yasar Oguzcan...

¡Cómo hemos sido engañados tanto tiempo!

¡Cómo hemos podido creer en la belleza de la vida!

¡Qué nos importa el sol naciente!

¡Qué nos importa el trigo que crece y el agua que corre!

Estamos tristes y extremadamente cansados

Nos habéis enseñado la amistad

Nos habéis enseñado a amar así de locamente

Si hemos amado nuestros pecados son para Dios

Si no hemos sido amados que sientan vergüenza los humanos de nuestra tristeza

¿Qué hemos buscado y qué hemos encontrado en vuestro mundo? decidnos

Nos habéis privado incluso de un amor

Nos hemos besado en sueños y nos lo habéis reprobado

Y ahora tenéis obsesión de vivir

Dejadnos en paz

Con el cielo y con el mar

Con las piedras y con la arena

Con el Dios que habéis creado de la nada

Que sea vuestro vuestro mundo

(Oguzcan nació en 1926 en Tarso, al sur de Turquía, y murió en Estambul en 1984)