qué queda; contemplar los copos que en su caída recubren las moreras y humedecen el lúpulo que asciende, sinuoso y plácido, en torno a los troncos de los álamos; el agua del arroyo se borra y los patos, traviesos, se deslizan por su costra; qué acecha; la pérdida del camino si las referencias se ocultan; qué mirar; las antiguas piedras, los tenaces testimonios apenas reconocidos por los hombres actuales, se resisten a perecer, no obstante la ingratitud que reciben de estos a cambio; nada hay que reclamar de ellas sino su persistencia y su claridad; feneció hace siglos su tiempo, su huella es también su origen, su fundación, y el espejo de los habitantes de la ciudad perdida, que adaptaron el suelo a sus necesidades; qué rescatar; la materia, roca emergida desde el fondo, reducida por la inclemencia y la altura, se mira en dos manos, en dos rostros, en dos asombros; la señal del viejo ritual se vela; qué reconocer
4 comentarios:
Muy bello texto. Qué reconer, si todo cambia...
Un saludo.
Las viejas preguntas de los filósofos...
¿qué somos, qué carajo hacemos aquí, dónde dirigirnos...?
¿mirar hacia la naturaleza que destruimos, o mirar hacia un dios que usamos como espada de destrucción? ¿dónde, la mansedumbre de los lobos a nuestro lado?
Esto último lo añado yo, que me doy respuestas mediante preguntas retóricas porque no soy filósofo.
Un abrazo
Gracias por pasarte, Carmela. Y precisamente la conciencia del cambio nos permite reconocernos...
Salud.
Luis. Tenemos derecho a hacernos las mismas y más preguntas que los filósofos, ¿no? Y tampoco podrían evitar que nos las planteáramos. Pero nos hemos olvidado tanto de observar la materia y cómo habla esta, y en su lugar se ha cedido a las ideologías especulativas...
Pero creo que encontraremos la luz. La materia, siempre la materia, nos responde.
Un abrazo.
Publicar un comentario en la entrada