"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





miércoles, 9 de diciembre de 2009

Decimos


pero es en la inquietud penetrante de los sueños cuando suceden las cosas, cuando un hombre mira a otro hombre, y se contempla en él, y se observa en sus gestos, comparándose en sus ademanes, y se burla en sus aspavientos, no de los aspavientos del otro sino que los aspavientos del hombre que tiene en frente le sirven para hacer chanza de sí mismo, y esa bufa puede llegar a ser inmisericorde, porque en los sueños nada es a gusto del que se sumerge en ellos, es como sale, con la espontaneidad del caos, y se manifiesta como un desplome de la personalidad, y en ese arrastre busca por inercia las oquedades más apartadas que el sueño le proporcione, las que van excavándose para apartarse radicalmente de los espacios trasegados por el hombre despierto, las que se comunican con lo hondo de la tierra a través de fauces disimuladas, de aberturas que de pronto surgen bajo los propios pies, sin saber qué caídas esperan, sin tener noticia previa de a qué mundo oscuro o neutro puede conducir, y esos agujeros son como habitáculos donde se pierde toda la esperanza de un rescate, porque el hombre ahí es más él mismo, no es el hombre ajeno, el hombre externo, es el otro hombre que lleva bajo su piel, uno de los otros hombres que desdoblan sus carnes y agitan sus deseos y muerden sus pensamientos limitados, el hombre que sólo se explica, aun desordenadamente, aun acumuladamente, por los mismos sueños, y en esos túneles la memoria se trastoca formando nuevas vidas, quedando de ella el reclamo a los personajes que se lleva desde el mundo consciente, por llamarlo de un modo convencional, pero cuyas apariciones son alteradas, son ofrecidas para revelaciones nuevas, y es en ese deslizarse por corredores donde hay pérdidas, la visión anterior, los sonidos que le acostumbraron, los olores que hizo suyos o generó para delimitar sus territorios, donde el hombre va percibiendo que las propiedades de los sentidos le han dejado un apéndice para que no se sienta muerto, el suficiente asidero para que la caída y la reconditez donde se pliega, donde se repliega, le haga revivir, y se trenza de forma umbilical con lo silente, empeñado en ser un eremita del sueño, y es como si aquel trozo perdido y podrido que tiraron porque ya no era parte suya, ni era parte de quien le concedió la vida, dejando la herida cicatrizada en su abdomen, significara una recomposición, y que ya no fuera el signo de la partición y del abandono a su suerte, aunque aún le persiga la nostalgia por la amniosis donde fue horneándose, sin ser todavía, y el hombre siente entonces que el deseo precede en los hombres siempre al ser, el deseo se anticipa a la posesión, y la posesión siempre es incompleta, y es que el hombre sabe que haber sido parido es siempre una desprovisión, un riesgo, un esfuerzo que le irá minando, donde sus logros lo son para la adaptación y la supervivencia, pero no le basta, porque sabe que nació sobre la rotura de un vínculo, y la vida que tanto le seduce, que tanto le estimula, se revuelve contra él en infinidad de ocasiones, le revuelve, por eso el hombre se ha precipitado al lecho de la tierra desconocida, donde el calor se aproxima al propio, y aun sabiendo que la libertad ha quedado fuera, como ilusión y vanidad que siempre fue, y aun admitiendo que pierde su conquista favorita, el poder de la conciencia, se entrega allá abajo a su adverso, y es el cansancio o el no saber cómo actuar lo que le conduce a rendirse, y en esa aventura le contrapone a otro hombre, le deja al albur de otros hombres, los que lleva grabados dentro de sí desde que se rompió el primer vínculo, y todo esto necesita vivirlo en las cavidades estrechas de una materia, acaso la etérea, empapado de arcilla o envuelto en el viento, no sabiendo si se esconde, si huye, si se enfrenta a


(Fotografía de Dieter Appelt)

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