La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.



martes, mayo 29, 2007

Últimas preguntas


La edad provecta se aferra al faro de la vida. Como un orante, el anciano entreabre sus ojos, que emiten un destello sugiriendo solicitud. El fanal tiene un fulgor diferente. Preserva la tristeza de la súplica a través del torso que derrama y de la mano que lo acoge. Las dos figuras tienen el rostro contraído. La arquitectura de los músculos de él recuerda las fachadas testigo de los edificios derribados. Ella hechiza con su mirada de hielo a un horizonte que se mide por nostalgias, no por horas ni por territorios. Él se contempla en una desposesión. Ella se muestra como intermediaria entre el mar y el cielo. El anciano ansía la luz azulada de las pupilas del ángel. Ella trata de mantener los últimos rescoldos del ardor del guerrero herido.

Dime, alma ajena, ¿a dónde me transportas?, dice el anciano. Pero el espíritu calla, porque ha pasado ya el tiempo de las palabras.

Dime, magma oculto, ¿por qué me llega tu calor pero no se queda dentro de mi?, insiste el hombre. Pero la energía calla, porque no le es concedido trasladar su fuerza a una raíz ya seca.

Dime, misterio de la vida, ¿por qué no rompes tu secreto y te manifiestas?, dice el último ermitaño de la Tierra. Pero el arcano luminoso calla, porque todo lo que fue posible ya se convirtió en materia un día, y por lo tanto en el goce de los significados.

Dime, ausencia de la nada, ¿por qué no me fundes en tu silencio y navegas conmigo quedamente?, implora el eco extraviado. Mas la mujer de la desnudez total calla, le rodea con su cuerpo y se sumerge con el viejo en el lago de la carencia.


(Obra del artista fotográfico neoyorquino Andrés Serrano)

lunes, mayo 28, 2007

Visillos


(Variaciones XVII)
Me observas como una máscara, vecina. A veces me llama la atención que se mueva el visillo de tu balcón, porque no hay viento. Lo haces lenta y cuidadosamente. Sabes mantenerte en un plano distante. Tus manos se mueven prudentes. La lentitud es tu aliada, acaso tu capacidad. Al principio yo no lo advertía. En ocasiones los movimientos de los objetos parecen que son tales y luego resultan que son percepciones falsas. Errores ópticos, balanceos de nuestra propia cabeza que descolocan el paisaje. Uno no para de agitar la mirada dentro y fuera del cuerpo. Son muchas horas las que se viven. La actividad no cesa ni cuando el lado aparente de uno se queda inmóvil por un rato. Siempre hay un gesto, un parpadeo, una respiración más profunda que traiciona la supuesta parálisis. Los pensamientos corren en todas las direcciones. La piel que pica. La ropa que comprime. Una articulación que produce un chasquido. La mucosidad que se segrega en la garganta. Los dedos que tamborilean sobre una mesa. Sin embargo, siendo lo nuestro una constante convulsión, estamos preparados para distinguir las alteraciones ajenas de las propias. La confusión también es parte de esa dinámica. El principio de error es producto de la decisión de no detener nuestros actos. Una alerta, la conciencia leve de un límite de no trasgresión, la medida de la capacidad. Durante un tiempo me dio la impresión de que aquel visillo entablaba un diálogo sordo con otros visillos. Aceleraba mi mirada a lo largo de toda la línea de balconadas simétrica que hay enfrente de mi estudio. Unas hojas se abrían y algún vecino se asomaba, otro sacudía una alfombra, una mujer regaba las macetas de geranios. No podía pensar que el movimiento de tus visillos tuviera otra lógica sino aquel acostumbramiento de quehaceres vecinales. Hasta que un día mi mirada detectó por casualidad una mano. Fue una instantánea fija. Era una mano de dedos afilados y más bien cortos que sujetaba delicadamente el visillo. Pero si había detrás un cuerpo, éste permanecía hábilmente oculto y aquel espacio de opacidad transmitía un aspecto misterioso y extraño. Por un momento me pareció un ejercicio de teatro negro. O la acción de un niño. Pero la maniobra era tan calma, la posición de los dedos tomando el tejido resultaba tan amanerada, el brillo de aquella piel se manifestaba tan contrastado con los matices de la cortina que no podía abandonar mi atención de aquel ventanal que me escrutaba. Sé que tienes rostro, sé que tienes forma, sé que produces un calor incluso aunque no te muevas. No voy a modificar mis costumbres por eso. Seas quien seas, haré como que no sospecho. Proseguiré mi vida como si no te hubiera descubierto. Me exhibiré para ti, puesto que parece que eso es lo que deseas. Y si alguna vez intuyo que la máscara de tu rostro emerge de ese segundo plano discreto y preservado en el que te refugias, no temas, desviaré mi mirada para proteger tu intimidad.


(Composición de la fotógrafa checa Katarina Brunclikova)

domingo, mayo 27, 2007

In-flexión



PUNTOS DE INFLEXIÓN

El punto que, en una función continua, separa la parte convexa de la cóncava, se llama punto de inflexión de la función. En ellos la función no es cóncava ni convexa sino que hay cambio de concavidad a convexidad o al revés.

Bien, pues con arreglo al teorema, tal es mi día. Ni me siento cóncavo, ni convexo, sino todo lo contrario. Uno se pasa la vida cuestionando cada paso, cada plano, cada línea. Pero debe ser una manía, porque a otros no les sucede. O tal vez les suceda pero no sean conscientes o no le den tantas vueltas como yo. Votar algo para que todo siga igual, podría decirse. Pero acaso tampoco. Acaso llega un momento en que se trata de que concavidad y convexidad nos arropen mejor, limen asperezas y definan distancias. Lo cóncavo y lo convexo se darán siempre, pero tratemos de que se adapten mejor. ¿Son aplicables las leyes de la física a la política? Yo voy intuyendo que sí, mucho más de lo que nos imaginamos. Lo que acontece es que el objeto social al que pertenecemos pretende siempre separarse y romper la leyes naturales (las existentes, no las de ficción tipo teologías y otros esoterismos, que también están condicionadas por la física aunque no quieran admitirlo) Pero al final siempre está repitiendo las mismas parábolas y los semejantes trazados curvilíneos que traza la naturaleza con los moluscos o con la fitogénesis. ¿Que la cultura es un don del dios humano, que diría el otro? Hombre, bajemos del burro. La cultura es herramienta y representación de la evolución de la especie, pero también proyección y manifestación de esa naturaleza que no conoce fronteras ni desde un origen indefinible ni desde un final improbable. Para mi la observación de la existencia ampliada (porque hay millones de vidas más allá de la vida de la especie humana) es fuente de pensamiento, de humildad y de admiración. Así que hoy, pase lo que pase en materia de elecciones, concluiré que no hay nada tan grave que no se pueda solventar de otras maneras. Lo que peor llevo no es que ganen troyanos en lugar de tirios, o viceversa, que igual sí, sino que sean tan imprudentes y déspotas cualquiera de ellos. Y no me cabe duda de que la política hay que reconducirla como poli-Ética antes de que sea demasiado tarde y haga daño el desentendimiento social. Mira por donde, tal vez va siendo hora de sumar ética y política en un concepto reconstruido. Porque la deconstrucción de las relaciones sociales ya vienen produciéndose por la propia inercia de la ambición, la ignorancia y el ansia pijotero de los humanos.


(Montaje fotográfico de Ivan Cap)

sábado, mayo 26, 2007

Re-flexión




¿Qué es la reflexión?

La reflexión es el fenómeno físico que explica la incidencia de las ondas contra un material y su curso posterior cuando el material sobre el cual incide no absorbe la onda.La ley de reflexión asegura que el ángulo de incidencia y el de reflexión es el mismo.




He pasado la jornada de re-flexión sin re-flexionar. O al menos sin re-flexionar más de lo habitual. Nada ha habido en el ambiente que me recordara que mañana domingo es día de votaciones y que hoy era la víspera. Sin televisión ruidosa y periódicos vocingleros y desfiguradores los días son más tranquilos. Sin caras de tipos ineptos y cínicos en los noticiarios los momentos de la comida son menos indigestos. Me ha seducido tan poco esta campaña electoral que de lo único que tenía ganas es de que terminara. No, con eso no quiero decir que mañana me abstenga, a mi me gusta cumplir con el acto litúrgico aunque sólo sea porque apenas vengo haciéndolo desde la mitad de mi vida. Tampoco uno espera el no-va-más de unas elecciones, sea cuales sean el objeto de las mismas. Mi sentido cívico me motiva por naturaleza, aunque mis dudas sean evidentes sobre la capacidad de influencia que tenga mi voto y el de muchos como yo. Uno vota para decidir, o al menos eso quiere creer uno, sobre los poderes políticos, aunque sabiendo que difícilmente se alcanzará a intervenir sobre los poderes fácticos. O acaso uno vota simplemente para que no se crea un sector de la sociedad y su casta de elegidos de toda la vida que sólo ellos están capacitados para gobernar nuestras ciudades y regiones. Que tampoco lo están. Es sólo que están mejor dotados para hacer de mamporreros, de lacayos y de correveidiles de los grandes mercaderes. Siempre he votado escéptico y cuando lo he hecho con ilusiones he sido consciente de que mis ilusiones eran vanas. Pero ¿acaso no nos pasamos la vida ilusionándonos? Mas una cosa es ser un ilusionado maltrecho y otro un iluso. Pasar por iluso es pasar por imbécil; y aunque no digo que no sea práctico en determinados momentos de sangre y fuego que suele deparar la historia a las sociedades, ahora no es el caso. Creo. También tengo un elevado y especial prurito estético en esto de votar, porque siempre lo hago a la contra. No me creo lo del mejor líder ni lo del más práctico candidato ni lo del más solvente gestor. Voto para que no salga el que es o quiere ser alcalde pero desprecia al ciudadano. Y es que soy tan ingenuo que aún creo en la ciudadanía, aunque una parte de la española diste de ser una ciudadanía con conciencia civil, democrática, culta y laica clara que anteponga este criterio a las banderías, las doctrinas y las influencias de los caciques, que haberlos aún los hay aunque hayan cambiado sus ropajes. Por lo demás, mis reflexiones de hoy han ido por otros vericuetos, es decir los de siempre, esos que nos recorren del cogote al pie según vamos acumulando días que nos curten y nos despellejan. Así que me aplico la definición de la Ley de Reflexión de la física, que me parece más adecuada a la realidad y de paso me relaja.


(Composición del fotógrafo chino Zhang Huan)

viernes, mayo 25, 2007

Pesadilla


(Variaciones XVI)


A veces la mujer joven sueña con el padre. Se le agarrota el cuerpo y desciende a unos planos tan profundos que no se siente vivir. Entonces el sueño se transforma en regresión. No sabe cómo ha llegado hasta aquel lugar. Un espacio donde el padre habla con supremacía y ella tiembla. La plática se desborda en una catarata de exigencias, como si no hubiera pasado el tiempo. Como si su independencia no hubiera existido jamás. Él la reconviene con desdén, la echa en cara la ruptura, la reclama un cambio de actitudes. El padre está más serio que nunca. Y a pesar de su estado provecto tiene el rostro contraído y la voz enérgica. Ella le suponía muerto, pero muerto no quiere decir enterrado. Y ahora resurge de no se sabe qué oscuro territorio para hacerse valer de nuevo. Qué sabe él de su vida estos últimos años. Y sin embargo todo lo que la recrimina ha acontecido. Ella se rebela, le planta cara, le escupe con miradas de desprecio, agita las manos ante su rostro, llega a darle empellones sobre el pecho. Por qué tiene aquel hombre que remover la historia de ella, como si no reconociera que jamás hubiera crecido. Por qué tiene que vivir dos veces. ¿Solamente para manifestar el poder de su cólera? ¿Para recordar su autoridad indiscutible? ¿Para justificar que nada es posible que funcione bien si él no vigila los acontecimientos y los ordena? La reprocha sus abandonos, la amonesta por su desinterés, la afea sus olvidos. Al fondo de aquel cuarto representado hay también una figura que se disuelve en el contraluz. Una mujer lejana que calla. Una mujer que palidece y trata de contener sus agitaciones. Una mujer que apenas alza una voz temblorosa y no logra imponer cierto afán conciliador entre la hija y el padre. Una mujer que se derrumba y se diluye entre lloriqueos de frustración. La hija se excita más, le exhibe aquella imagen del patetismo a su padre, eleva el tono rabioso de su palabra para imponerse a él, le insulta, le advierte, le avergüenza. Y a pesar de su autodefensa la mujer joven se percibe convulsa, sangrante, estremecida. Hay un instante leve en que el padre calla y la mira con bondad. Está sorprendido por el valor de ella, pero su soberbia no le permite el reconocimiento ni la aceptación. La hija calla también. Están solos. La mujer anciana del fondo de la habitación hace rato que ha perecido en su debilidad mediadora. El padre y la hija están rendidos. Una luz intensa que quiebra la puerta va ocupando la estancia. El sacrificio no ha valido la pena. Ambos caen derribados por el desentendimiento.


(Fotografía del checo Jan Saudek)

jueves, mayo 24, 2007

Sentido único


¿Alguien ha pensado alguna vez en la terca e inmutable soledad
de los raíles?
Se prolongan sin tocarse jamás
y todo el cuerpo del mundo se precipita sobre ellos
ignorándoles.
Y es esa imagen y una textura asentada
sobre ancestrales cauces
la que nos habla de vidas paralelas.
Hay tantos transcursos
que parecían nacidos para perfiles de acero
y sólo son aleaciones de rutinas.
Hay tantos recorridos que prometían universos
y tan sólo se han quedado en leves sendas.
Hay tantos encuentros hurtados a la monotonía
que ya no roban nada.
Hay tantos y tantos sonidos dulcísimos que atravesaban el aire
y ahora apenas son silencio
en vía muerta.
Hay tantas miradas que se llenaban de paisaje
y pasan inadvertidas entre las tinieblas
de las horas fugadas.
¿Alguien ha puesto alguna vez una flor
sobre las viejas traviesas
que aún sujetan el único sentido?

(Fotografía de Francesca Vergnano)

miércoles, mayo 23, 2007

Hipnótica


Las facciones flojas, los ojos ya perdidos, los labios ahuecados, como una fachada que se va viniendo abajo, los cabellos lacios y revueltos, el rictus de una boca desganada, la barbilla que se encoge, como el telón del escenario que cae, las oquedades que no miran, la nariz afilada, la mejilla incolora, he aquí la máscara silente tomando el relevo a la máscara de la exhibición, la huella del esfuerzo, la herida del aguante, el desaire de la resistencia que cede, hay un claroscuro tenue, una amenaza de disolución, un rostro ya rendido a la noche, y unas alas se despliegan en forma de horas, laterales, envolventes, brindando una energía velada al cuerpo del abandono...

martes, mayo 22, 2007

Frente a frente


¿Conocemos a Paz? Decir que es un poeta mejicano sería hacer biografía. Decir que es un poeta a secas podría interesar o no. Serían menciones superficiales. Hablar de Octavio Paz es abrir una luz donde la calma llega después de haber rasgado el viento. Y cojo uno de sus libros, Libertad bajo palabra, por ejemplo, que es uno de mis libros de la mesilla, y leo algo, y sigo leyendo más, y por ejemplo pronuncio en voz alta estas palabras que parecen emergidas de la tormenta de esta misma noche...


Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos olas
y la noche es océano.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos piedras
y la noche desierto.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces navajas
y la noche relámpago.

Dos cuerpos frente a frente
son dos astros que caen
en un cielo vacío.


(Fotografía de Ruth Bernhard)

lunes, mayo 21, 2007

Insolvencias




(Variaciones XV)


Te sabes insolvente desde los primeros años. Siempre te ha parecido que a todo tu tiempo le sobraba insuficiencia y que te sabía a poco. Aunque lo perdieras, la desocupación te enajenaba. No se trataba de una mera ociosidad o de una dedicación al despilfarro. Cargabas tu bagaje de historias fingidas, de hazañas recurrentes, de ensoñaciones dispersas. Lo tuyo era una introversión no advertida. Vivías en tus personajes y ellos adquirían naturaleza tangible para ti. Deambulaban por la casa y te acompañaban cuando nadie quería hacerlo y se acostaban a tu lado cuando a tus ojos y a tus exigencias Dios ponía en peligro lo que creías que era su ilimitada capacidad taumatúrgica. Nunca te aburriste, lo sabes. Cuanto más te sentías acechado por las imposiciones y los compromisos, más te refugiabas en tus escenarios idealizados. Había que sobrevivir. Y sobre todo había que no desdeñar el tiempo, aunque tu concepto del mismo y el de tus mayores no se reconocieran sino en una lejanía de improbable convergencia. Te costó adaptarte a las exigencias de la realidad. La materia de la que están hechos los hombres no sólo es de sueños, sino también de obligaciones. E indudablemente también de infamias. Y cuando diste el paso para ser admitido como realista, porque había que vivir de algo, perdiste la inocencia. Y cuando te pregonaron la cantinela de que había que ser alguien en la vida, casi cala en ti. Aquellos años de oficios al día, de patadas insatisfechas, de carreras sin meta clara te ensombrecieron. Acaso la enfermedad volvió a poner en tus manos la posibilidad de un tiempo revertido. Tal vez el viaje que después de la curación arriesgaste sirvió para profundizar en tus no tan pequeñas búsquedas. Ya no eras un niño, ni tenías que rendir cuentas a nadie. Desde entonces vienes haciendo de la temporalidad entendida a tu modo un deslizamiento caprichoso. No buscas en las puestas en escena teatrales otra cosa sino la prolongación de tu estado primario. Pero no se nota, sólo tú lo sabes. Y las personas que te tratan, que se estrechan contigo e incluso te aprecian, a veces temen que no sean sino títeres de tu desperdigada euforia. Eso es lo que no quiere pensar la mujer que te ha recibido la otra noche como si del hijo pródigo retornado se tratara. Tú te mueves en ese plano, que crees amplio, de círculos concéntricos donde activas la creatividad, fomentas relaciones y en ocasiones aventuras vínculos. No debes temer. Ella vive también en su poderosa atalaya y te observa. La diferencia de edad no bloquea la aproximación. Ella aprendió a mirar hace mucho tiempo. Sabe leer en los rostros, en la lasitud de los gestos, en la posición de los labios cerrados, en el brillo de la mirada. Y cuando escucha, y cuando se deja llevar por tu enfebrecido y a veces brillante desahogo verbal, percibe las claves de los significados ocultos de tus palabras. Te va distinguiendo mejor que lo que tú, desde tu pretenciosidad, crees que te conoces. Ahora mismo, según regresas, ni siquiera ha hecho nada por disimular que ha leído tus textos. Dependerá de tu actitud que ella te comente algo o no. Pero aunque calle, y con ello te demuestre respeto y manifieste prudencia, podrás ir sabiendo de qué manera se va apoderando de ti.

(Fotografías de Giuliana Cunéaz)



domingo, mayo 20, 2007

Anima Adriana



Anima vagula blandula,
Hospes comesque corporis,
Quae nunc abibis in loca,
Pallidula, rigida, nudula,
Nec ut soles dabis iocos
(Alma vagabunda y cariñosa, huésped y compañera del cuerpo, ¿dónde vivirás? En lugares lívidos, severos y desnudos y jamás volverás a animarme como antes)

Son las palabras del emperador Adriano en su angustia ante la muerte. Qué poema pleno de matices. Nada como la impresionante fotografía de Brigitte Niedermair para rescatar una poesía ahíta de ternura.

sábado, mayo 19, 2007

Bajo los adoquines



Bajo los adoquines no estaba ni está la playa, sino la resistencia. Resistir al tedio, a la mediocridad, a los cantos de sirena, a la pobreza imaginativa, a la intervención mercantil, a la alteridad impuesta, a la ideología de la aceptación, a la moneda de la servidumbre, al saqueo de la creatividad, a la falsa ética, a la ofensiva de la mentira degradada en categoría de confusión. Los perdedores de la tierra os saludan. Tras los adoquines del cotidiano resistir.

viernes, mayo 18, 2007

Propuestas



(Variaciones XIV)

...Parar. Sentir otro aire sobre la piel. Ignorar el ruido. Soñar que las agujas del reloj giran en sentido inverso. O que no se mueven. Dejarse llevar por el tono cambiante del cielo. Sopesar las temperaturas que oscilan entre las horas tempranas y las agónicas. Imaginar a la muchedumbre que una vez existió. Advertir su inutilidad. Gozar de su ausencia. Proteger la propia sombra. Dejarse conducir por ella. Buscar un arroyo a cuya orilla escuchar la única composición posible. Sentarse un rato en el banco de un templo, fuera del horario turístico. Amanecer en un tren hacia un destino desconocido. Contemplar las escamas de plata y purpurina de la superficie del mar. Pasar una noche acogido por el oleaje que devora voluptuoso los acantilados. Sentirse arrasado por el viento en lo alto de un cerro, recorriendo las ruinas de un olvido. Contar las piedras sillares de un acueducto bajo la nieve. Acurrucarse bajo una higuera extensa. Perder el tiempo por los ribazos cogiendo endrinas y zarzamoras. Empaparse con el vacío. Detenerse en estaciones de paso y perder un día o dos en la población apetecida e imprevista. Embriagarse con el olor a tierra de una tormenta de verano. Caminar serenamente por sendas de sirga. Leer un cuento de Cortázar a una mujer en la cama. Una taza de café de par de mañana sobre una mesa de mármol. Escribir su propio periódico. Leer las propias noticias, justo las que no lo son. Apartarse de la necedad. Echar un pulso al pulso del cuerpo. Liberarse de la afectación. Independizarse del sometimiento a la rabia interior. Regatear la melancolía. Despeñar la ira desde la enorme montaña de propuestas que se hace...


La mujer lee la agenda que el hombre se sugiere a sí mismo. La lee en alta voz, mientras él ha bajado a por el periódico, siguiendo el ritual compulsivo. Le parece una cadencia de ensoñaciones que desde un hilo antiguo tejen todavía los deseos insatisfechos del presente. No va a tener calendario suficiente para cubrir sus expectativas, piensa para sí. ¿Será que el hombre lleva dentro un Narciso exigente y turbulento cuya identidad le hace sentirse desgraciado? Sabe que sólo se trata de una ocurrencia. Pero que podría no serlo. Que es un borrador, una lista de apuntes, unos fragmentos de literaturas que el hombre fantasea. Este personaje necesita otra vida, reflexiona. Este autor necesita conocer más en profundidad sus personajes íntimos, se dice. Tiene un problema de insolvencia con el tiempo, sospecha.


(Fotografía del estadounidense O. Winston Link)

jueves, mayo 17, 2007

Tentaciones


(Variaciones XIII)


...Dejarlo todo. Así, de pronto. Todo. Sin morirse. Brusco pensamiento fugaz. Aquello tan citado del clásico tabula rasa. Abandonar todo por las buenas. Eso sí que tiene mérito. El valor de la bravuconada. El instinto del hastiado. El nervioso tanteo sobre el arbusto débil al que asirse al borde el acantilado. Como un suspiro repentino tras un día de crisis, que, con frecuencia, se repite tras otro día de crisis tras otro día de crisis. Una respiración profunda exigiría meditación, por lo tanto, ausencia. Cabeza borradora. Pretender arrojar al vacío estatus, supervivencias, testigos, asentamientos, identidades. ¿Para partir de qué cero? ¿Se surge alguna vez de la nada? Se nace desde la nada. Y por un leve instante algo se convierte en azar y éste en existencia. El resto es metáfora. Se nace y se muere infinidad de veces a lo largo del estar vital. Cada cambio, cada circunstancia, cada salto, cada crecimiento implica una muerte y asume una resurrección. Las religiones, suplantando la trayectoria del mito, hicieron cierta literatura con la idea desde siempre, pero abusaron de las palabras y constituyeron éstas en poder. Fue el principio de la corrupción. Hoy, a las ideas hay que desbrozarlas entre el bosque de la confusión y a las palabras hay que desproveerlas de sus adherencias ponzoñosas. Renunciar al mejor postor. No dejarse envolver en el señuelo de la publicidad como forma de vida. Desalojar obligaciones. Hacer saltar las servidumbres por los aires. Tensar los vínculos, tal vez liberarse de ellos. La tentación del vacío bajo los pies. Y más allá de estos, la seguridad de la materia bruta. Reemprender bajo mínimos un dejarse llevar de otra manera. No. Un querer ser de otra manera. Aquello sería alternativa, esto ensoñación. Dos formas de lo posible. Pero opuestas. Acaso irreconciliables. La quiebra de la integración en la edad avanzada. La tentación de cortocircuitar los planes inducidos durante años y años. El desafío de la naturaleza elemental que se revuelve dentro del hombre. El ansia de la propiedad sobre el tiempo imposible. Se oye un eco de carcajadas sobre el deseo irrefrenable de la posesión de la indolencia. Es absurdo pretender un ocio asegurado, aunque circunstancialmente esa mezcla de Estado de bienestar y móntatelo como puedas ofrece ciertos desahogos al ciudadano medio como él. Probar el valor de lo modesto. Atrapar la centralidad de lo pequeño...

Se para. Mientras la mujer duerme rendida, él se ha levantado. Sorbe un café cuyo aroma empapa la casa. Detiene sus dedos sobre el teclado y piensa en lo arduo de escribir. Ha leído un párrafo de un autor portugués, y le da vueltas, justificando su tarea...Trabajar un libro hasta la minucia de una palabra. Y después el lector lo engulle todo deprisa para saber “de qué se trata”. ¿Vale la pena mimar un vino para que beba como un tintorro? Sospecha que el esfuerzo no se merece pasar por el desaire comercial ni por la boca de los asnos.

miércoles, mayo 16, 2007

Al encuentro


A veces la ciudad es un espectro. Una conjunción de sombras y de humedades que desestabilizan los objetos. Nos da miedo andar por las calles y lo hacemos a distancia, como si los espacios desocupados fueran fosos que nos otorgaran seguridad. Pisamos sobre espejos, con cautela y discretamente, para que no reflejen de manera equivocada nuestras figuras. Las ráfagas de aire y lluvia alteran la tenue corriente de luz que viene desde la calle 64. A veces la gente no nos diferenciamos del mobiliario urbano. El paso de un tranvía o de un automóvil nos inmoviliza y si apareciera un fotógrafo por aquí no nos distinguiría de los postes del tendido eléctrico o de los buzones de correos. He quedado con Bill, me llamó esta mañana al matadero, tiene urgencia por verme. Me intriga, hace meses que no le veo. Incluso llegué a pensar que habíamos dejado de ser amigos. No, pedirme dinero seguro que no. Jamás lo ha hecho. Tiene que ser algo de los viejos tiempos, y eso me intranquiliza más. Alguna vieja cuenta pendiente con el juego, pero ¿a estas alturas? Nunca se sabe. Ya voy tarde, cada vez me entretengo más al cambiar de tranvías. La culpa es de la quiosquera de la calle 92. Se empeña en darme palique desde que se escapó su marido con la chica que vino de provincias. Creo que la mujer trata de superar la crisis echándome los tejos. Rozando la cincuentena, mantiene un tipo bastante fino y no se advierte en ella estrago alguno de la desafección de su esposo. Hace días que me conmina a que me quede un rato por su zona. Dice que con la temporada desapacible que llevamos va a cerrar el puesto pronto y propone que un atardecer de estos nos tomemos juntos unas copas. De momento, no ha concretado dónde. Me tienta la sugerencia, pero ya se sabe, un día es en el bar de la manzana siguiente y el segundo en otro más cercano y al tercer día querrá que sea en su piso. Y no es que haga ascos a entrar en su casa, pero eso limitaría el encuentro, porque a mi me gusta encontrarme con mis amigos o con mis amantes sobre todo en los bares. Bill es un amigo alterno. No puedo decir que haya sido permanente ni fijo, pero sí bastante fiel. Al menos durante las temporadas que nos hemos visto. Supongo que la primera vez que le conocí fue de manera casual, en una barra o en alguna reunión del sindicato, o ahora que lo pienso tal vez en las gradas del estadio donde se jugaba algún partido del 13. No lo recuerdo claramente. Además, siempre mediaba más gente entre nosotros, porque yo siempre me he movido en una buena cuadrilla. El solitario que soy ahora es una consecuencia bastante reciente. Y no sé muy bien por qué. Es como si estos dos o tres últimos años las cosas de siempre no me interesaran apenas. Incluso es probable que esa fuera la razón por la que mi mujer me abandonó. Aunque no la arriendo la ganancia, total para volver a vivir con su madre y su hermana cleptómana. A mi me sigue pareciendo raro este proceder mío. De verme envuelto en entornos de gente diversa y de salir muchas noches a los condados de la proximidad he pasado a una especie de reclusión que me tiene preocupado. No me he considerado nunca indolente. Tampoco es que haya sido extremadamente activo, pero sí me he tenido por una persona relacionada. Y no, no estoy mal así. Excepto cuando a veces me sobreviene como una sugestión de ancianidad precoz, a mi, que medio la cuarentena. Me sucede algunas noches. Me da como una conmoción y entonces me levanto de la cama sudando la gota gorda y me miro en el espejo. No sé si es por la bombilla de tan pocos vatios o por qué, pero me veo arrugado y desaliñado. La pérdida de pelo no ayuda mucho tampoco a mantenerme en una buena racha de autoestima. Y mira que me han recomendado tratamientos, pero no conozco a uno sólo de los que predican que puedan hacerlo con el propio ofrecimiento de su imagen. Si la quiosquera supiera de estos prontos míos es probable que no se atreviera a invitarme. Bill habrá llegado ya al bar de Rockwell, seguro. Espero que no se intranquilice demasiado por mi tardanza, y sobre todo deseo que no se arrepienta o que no me conceda un margen tan estrecho de tiempo como para dejarme plantado. Claro, que entonces sería él quien se plantara a sí mismo. Después de todo es él el que ha pedido verme. No he olvidado el cartón de Farways, es la marca de tabaco que siempre le gustó. Pero, ¿y si ya no fuma? Cuanto más deprisa voy, menos parece que me cunde. Tengo los bajos del pantalón calados y el pasamontañas ya no impermeabiliza. Me interesa apresurarme o acabaré con pulmonía.


(La misteriosa fotografía urbana es del neoyorquino de Brooklyn Arthur Leipzig)

martes, mayo 15, 2007

Inutilidad


Acaso saludar ya otro día sea paradójico, porque aún es de noche. Pensar en los quehaceres de las próximas horas está fuera de lugar, porque aún decide el sueño pendiente. Calcular la administración de los esfuerzos es cansino, el cuerpo aún no responde. Contemplar los paisajes es inútil, toda obscuridad es ciega. Agitar la conciencia de la ocupación de los tiempos resulta banal, nada es posible magnificar sino los ecos de lo transcurrido. Pretender una saliva de placer es inoperante, está seca. Ejercitar una oración de propuestas es absurdo, carencia de fe. Imposible mirar de cara la identidad reflejada en el espejo, demasiadas legañas impiden entreabrir los párpados. Mi ojo se troca en túnel, sólo ve paredes vertiginosas, asfixiantes. La lágrima sólo es una secuencia de tres sílabas, ácida. Extraña obsesión la de navegar en una quietud que no lleva a ninguna parte. Parálisis de sospechas, sopor. Renuncia a las opciones que deambulan tras las tinieblas, perdido arrebato. Las palabras se malogran, caída libre. Un día más se liquida como si nada, como un espectro de cristal. Sus brillos se apagan y su fervor se vuelve denso, reducido, disuelto en duda. Saludar otro día, un brindis de cenizas.

(Acompaña pintura de Max Ernst)

sábado, mayo 12, 2007

La vena de la noche


La noche da para poco, o para mucho. Se puede olvidar (para poco) Se puede soñar (para mucho) Se puede obsesionar uno (para poco) Se puede iluminar uno (para mucho) Se pueden tener cólicos (para poco) Se puede dar placer a sí mismo (para mucho) Se puede vivir el presente (para poco) Se puede retornar a la infancia (para mucho) Se puede leer una historia (para poco) Se puede leer en la sangre propia (para mucho) Y así, etcétera. Y además, a la inversa. (Alguno añadiría racionalmente: simplemente se puede dormir; mas no siempre, los insomnios existen y tienen un filo asesino) Lo bueno de la noche es que no se conoce su propia medida hasta que ha transcurrido. La medida de la noche no es como la del día, aunque a veces se le parece. La medida de la noche tiene otros parámetros. Por ejemplo, ¿qué se siente más por la noche, el dolor o el goce? La noche nos atrae y nos repele. Queremos eternizarla o abreviarla. La noche ¿nos acerca al origen o nos aleja del fin? O bien, ¿nos aproxima al final o nos aparta del comienzo? No lo sé, desde luego. Sólo tengo sensaciones. Una noche me crezco y otra me apoco. Una noche me incendio y otra me evaporo. Una noche beso el aire y otra acaricio las sábanas. Una noche veo los objetos y otra ellos me ven a mi. Una noche soy yo y otra sólo creo serlo. Unos versos del peculiar poeta portugués Al Berto me hacen considerar la esencia de la noche de mis noches...



pero un hombre en cuyo corazón se haya concentrado toda
la furia de vivir, ¿será un hombre feliz?
no sé si puedo querer alguna eternidad...no lo sé...

lo que veo ya no se puede cantar.

¿qué hora será dentro de mi cuerpo?
qué mineral rojo brotaría si golpeara una vena...no lo sé...
no lo sé...

viernes, mayo 11, 2007

Atrapada


Qué espera la mujer, atrapada en la red de la demora. La luz sortea su expectación entre la cuadrícula. Ella misma se reparte sin apenas moverse. De un momento a otro la rejilla la troceará y decenas de cubitos atravesarán la ciudad con su efigie multiplicada, como el polen de la primavera. Es una manera de estar y no ser. Mientras se decanta la mañana, ella se configura como una impresión en offset. Su silueta queda absorbida por una geometría que cubre las paredes y los suelos y las cornisas. Cuesta concebir la posición del plano. La cita puede haber sido una jugada equívoca, pero la mujer defiende su inacción sobre el damero. En cualquier momento la jugadora cambiará su propia posición. Se romperá el equilibrio. Su dibujo se emborronará entre las tintas del asfalto.

(Fotografía de Alexander Rodchenko)

jueves, mayo 10, 2007

La cartera olvidada



Con el último viaje trasportó una gestación de letras. Fue hace mucho tiempo. Unas eran prestadas, otras maduraban en la profundidad de sus compartimentos, otras se insinuaban cada vez que descubría los cierres en sórdidas pensiones de estaciones modestas. No se supo nunca de dónde venía. Sus estancias en las ciudades y en los pueblos por los que pasaba el ferrocarril podían variar. Unas veces se alojaba una semana, otras pernoctaba tan sólo una noche. Ni él mismo sabía por qué se detenía más o menos tiempo en un lugar. Una amable conversación escuchada podía demorarle varios días. Unas risas hipócritas le apartaban en pocas horas de la última geografía. Sus destinos eran tan provisionales como su propio estado de ánimo. Los paisajes no le estimulaban demasiado. El rumor de las calles no le seducía. Se sentía cómodo entre los silencios. Por la mañana madrugaba para ver encenderse la ciudad de actividad. Cuando los ruidos de los abastos le parecía que sonaban como el canto de las aves. Luego se recluía. O daba largas caminatas por los arrabales para contemplar el mapa de la población desde lejos. Por las noches leía a la luz de un flexo la novela de algún clásico. Cuando la terminaba buscaba un mercadillo o una tienda de chamarilero para malvender el libro. O cambiarlo por otro. Su biblioteca era móvil y cambiante, como una fotografía vívida de él mismo. Pero siempre renovada. En sus ratos de recogimiento se acostaba sobre un camastro y leía una y otra vez sus propias escrituras. A fuerza de releerlas cada noche habían regresado a su memoria y allí las rehacía. Luego rompía los folios atrasados y guardaba los nuevos hasta el siguiente trayecto. Sus escritos no salían de la cartera sino para sus manos, sino para sus ojos. En ocasiones se manchaban de grasa, cuando a punto de tomar un nuevo tren guardaba un bocadillo de arenques o de chorizo envuelto en papel de periódico. Pero eso no le preocupaba; incluso el corrimiento de la tinta le hacía recabar la atención sobre un párrafo y podía reconstruir el mismo o el texto entero. Su lema interior era que había que asumir el accidente de la vida hasta su hez. La alteración no era una catástrofe, más bien un signo de recreación, cuando no una meta. Por eso no cesaba de viajar. Desplazarse sin más era su único sentido y el resto de sus prudentes actividades se amoldaban al objetivo principal. Intercambiaba territorios, vagones de tercera, pensiones decrépitas, olores, miradas apagadas. Pero jamás se desproveía de su maleta encinta. Un día no se bajó del tren que le conducía a un pueblo del país profundo que se negaba a reconocer. La cartera quedó olvidada en un viejo almacén de aquella estación término.

miércoles, mayo 09, 2007

Dilapidación




Estoy sublevado. Cuando uno se entera de que en un lugar perdido del Kurdistán iraquí -sí, ese mismo que fue a liberar el Occidente abyecto de Bush, Blair y Aznar- una chica de apenas diecisiete años fue lapidada hasta la muerte hace un mes por la creencia yazidi, uno arde de rabia. ¿Qué clase de religiones pueden seguir manteniendo que si uno de sus miembros establece relaciones con otro de una religión rival o diferente se merece el castigo total? Algunos occidentales considerarán con bondad etnológica que tal actitud forma parte de los rituales endogámicos o tribales de ciertas culturas. Y se quedarán tan anchos. Total, allí las ideas occidentales no llegan sino en forma de corrupción, sangre e invasión...

El Mal existe para que el Bien brille mejor. Dicen que es una máxima del dogma yazidi, una religión aún venerada entre un sector de los kurdos, basada en el mito del ángel caído, sólo que al revés. Satanás debió pasar un tiempo casi infinito en los infiernos, pero parece ser que con las lágrimas derramadas por haber sido rechazado por Dios apagó las llamas presuntamente eternas. Y, tras esta peculiar forma de arrepentimiento que dejaría en pelotas a Benedicto XVI, Dios le perdonó y le rehabilitó, convirtiéndole en capitán del ejército celeste. Mitos, leyendas, cuentos, justificaciones...Mismos perros, distintos collares.

Y tanta ideología fanática, ¿para qué? ¿Para proyectar su visceralidad, su machismo y sus posiciones de poder y de casta sobre una adolescente? Ciertamente, las religiones no tienen remedio. Y que nadie me considere exagerado. Todas han sido capaces de todo. ¿O no llevaba también la Iglesia católica a mujeres a la hoguera? Es cuestión de tiempos, y no sólo de historia pretérita, sino de soberbia y de obsesión por el poder. Ya se sabe que éste es un defecto perverso de nuestro mundo, pero hay que ver cómo les va a los predicadores del presunto Más Allá. ¿Será que se aferran a él porque sospechan de la inexistencia de la otra vida? ¿Sigue latente aquella maldición que dice malditos los que derramen sangre inocente? Lo mismo da. Si el mundo de las palabras permanece huero y no se impone el de los hechos de verdad, no habrá liberación posible. Claro que, ¿qué importancia tiene la vida cautiva o la muerte despreciada de los indefensos si de lo que se trata es de salvar el petróleo, el gas y las hegemonías? Triste.





(Arriba, ilustración del pintor alemán Siegfried Zademack; abajo, fotografía de El ángel caído, estatua de Ricardo Bellver en los jardines de El Retiro de Madrid)

martes, mayo 08, 2007

El vuelo


(Variaciones XII)

Nutrirse de tu aroma, como un ave de paso. Libar ese jugo que al mordisquear tu seno se queda entre mis papilas. Mordisquear tus pétalos hasta adherir su textura a mis labios. Las garzas revolotean ante nuestra presencia. No huyen ni desisten. Transmiten la noticia de mi alojamiento repentino. Te atraigo y me repelo. Los años deberían haberme concedido serenidad y sin embargo respondo solicitándote. Debería confirmarme seguro y me hierve la sangre del encuentro adolescente. Aparento impositivo pero me muestro rendido. Mis heridas aseveran su gravedad, pero tu atracción me torna liviano. Pesan los encallecimientos de mi voluntad, y no obstante me revelo novicio. Aparento firmeza y arriesgo volubilidad. La vida es paradoja en cada instante, incluso cuando la calculamos previsible y aburrida. Lo establecido es una consecuencia del desistimiento. Y al volar, saltan por los aires los frágiles nidos de la experiencia. Catarte. Aspirar las fragancias violetas que calman mis tribulaciones. Admirar la permanente novedad de tu sonrisa. Rozar con mis dedos lentamente la estructura de tu talle. Inhalar los profundos vapores del deseo. Lo sé. Ante mi presencia, un rayo de malicia iluminará tu rostro y te poseerá. Yo caeré. Me dejaré derribar. Todo es frágil hasta el fin de los días. No se sabe si es la fortaleza o la endeblez las que trazan la fina línea donde renacemos. O el combate incitante entre ambas. Acaso la persistencia. Todo es tal vez una apariencia. Siquiera un sueño. Siempre un vuelo.

(El hombre ha llamado a su puerta. Como el destino. Como el pájaro que busca)

lunes, mayo 07, 2007

La espera


Hay un alarde del continente. El plato espera, acaso jamás esté servido. Pero expectante, el utensilio descansa a su vez. Se apoya en un borde redondeado y se nutre de sombra. No hay nada tan solitario como unos cubiertos en guardia. Las horas transcurren en medio de las formas. Nada se mueve. Ni un olor, ni una huella de grasa, ni una miga. El juego, tan impecable. La sombra moldea los objetos, no la luz. Son su representación, su actividad, su disposición. Los dientes afilados se multiplican, armas en reposo. Qué simbiosis entre el tenedor y el plato, uno para el otro en la apariencia. Se apagarán las luces del comedor, pasará esa noche, transcurrirá un día más el silencio. Qué metáfora tan cercana.


(Kertesz lo preparó para nuestra vista)

domingo, mayo 06, 2007

¿Lo blanco?


¿Pero lo blanco? Una vez busqué el blanco, el de verdad, pero no logré encontrarlo. ¿Será lo blanco tan sólo una aproximación? ¿Llamamos blanco a la mera claridad? ¿Es un color inexistente? ¿Es sólo una apariencia? ¿Es un deseo de color? ¿Tal vez sólo una antítesis en la mente de los hombres? ¿Un defecto óptico? ¿Acaso se priva de sus propia personalidad de color al ansiar ser tan puro? Puesto que la pureza siempre es equívoca, cuando no inexistente, ¿está condenado el blanco a pasar por una metáfora de la frustración? ¿Dónde está la delimitación de los colores? ¿Solamente en la alternancia y contraposición de unos con otros? ¿Cómo se revalidan y se explican por sí mismos? ¿Es el blanco meramente una ausencia? ¿Es en sí mismo una tragedia por la privación del color, que nunca puede tener afirmación propia? ¿O se trata del vacío entre todos los demás colores? ¿Es más un espacio físico de carencia que la urdimbre de la mezcla que otros ofrecen? Tampoco todos los colores se ven plenamente definidos, salvo el negro, como dice Gunnar Ekelöf en su poema. Pero el negro lo absorbe todo, lo metaboliza todo, lo define todo. Acaso tras la caída del Edén, lo blanco fue arrojado a las tinieblas exteriores, y se trata de un color que no es de este mundo. ¿O es un concepto creado para polarizarse en la ley de los opuestos? Una vez estuve buscando en una imprenta un papel blanco para editar un libro. Sólo me mostraron tonalidades. Cada resma poseía un tono diferente, o era marfileña, o era grisácea clara, o era ambarina, o ligeramente cremosa, y los tonos se desmigaban a su vez, pero no apareció el blanco. Ya no se hace papel blanco blanco, me dijeron. Desde entonces el extravío del blanco me da pena. Y la reivindicación de lo blanco como utilitarismo me da cierta lástima, aunque como lenguaje me regocija. Se dice, por ejemplo, toma un papel en blanco. Se ha quedado en blanco. Se ha quedado sin blanca. Tiene el alma blanca. Su rostro permaneció blanco (aquí el término palidez sería más auténtico) Expresiones más próximas a la realidad de la inexistencia; los hombres, siempre tan ingeniosos o mediocres buscando metáforas para todo. La penuria de lo blanco alcanza su cota más elevada cuando nos encontramos libros sin letras (o con letras inútiles) o libros sin imágenes (o con imágenes huecas). Paradoja: el blanco es un agujero negro en el planeta de los hombres y de sus culturas. Tal vez el universo nos depare sorpresas y algún día lo blanco sea tangible. Pero ¿qué y cuánto habrá cambiado todo?


(Ni siquiera el cuadro de Malevich es blanco, lo siento)

sábado, mayo 05, 2007

Lo negro




Lo negro contiene todos los colores
no lo blanco
aunque fuera el amarillo azafrán de una novia
o el rojo sangre de una prostituta
¿Acaso son los colores otra cosa que sombras
o matices de lo blanco?
Pon color sobre color y obtendrás el negro
La visión más pura
es la sombra pura
la antítesis de la luz
Si miras directamente el sol
o el hierro al rojo vivo
y cierras después los párpados
entonces verás por primera vez color
el verdadero color de la sangre
que es el tuyo propio, interior
Oscuro, oscurecimiento son todos los colores
excepto el negro
que no puede oscurecerse más
En él me ves a mi



(De TESBIH -rosario- del poeta sueco Gunnar Ekelöf; acompaña cuadro de Malevich titulado Círculo negro)

jueves, mayo 03, 2007

Precoz Evtushenko







Leer una de esas cosas que parecen alejadas. Acercarse a uno de esos autores de los que se conoce poco. Vivir una de esas historias que pertenecen a un mundo que no existe y que algunos incluso dudan si existió. El autor, Evgueni Evthushenko, viene desde 1933. O tal vez desde 1917, según se mire. El relato Autobiografía precoz podría haberse titulado Libro de los Descubrimientos. A veces los descubrimiento son precoces, aun cuando sean tardíos. Todo es muy individual, depende de lo que cueste ver el paisaje. En las décadas de los 30 y 40 del siglo pasado, en el País de los Soviets todo se revelaba muy pronto para cada ciudadano, ¿o no era así? Depende de lo que se entienda por revelación: o impronta de la autoridad que había que acatar o chispa producida por la búsqueda personal contracorriente. Entonces se partía de tantas certezas oficiales, socialmente admitidas, que no era fácil descubrir trayectos. Pero ya se sabe, la realidad existe siempre más allá de lo consignado. Había que andar para comprobar si lo verdadero real era lo que se anunciaba. El autor golpeó los pedernales de la vida e hizo saltar chispas en ésta. Ese roce de energía fue el origen de sus revelaciones personales.

Evthushenko escribió esta autobiografía para el semanario L’Express en 1963, y tal vez dirigía con ello un mensaje a Occidente y en especial a las nuevas generaciones. ¿Por qué digo que el libro podría haberse titulado de los descubrimientos? Porque en este breve repaso de treinta años de su vida viaja tanto al interior de su mundo y del mundo ruso como Marco Polo lo hiciera al continente exterior. En no demasiadas páginas constata: el descubrimiento de la revolución, el descubrimiento del sufrimiento, el de la poesía...”La lengua es como la nieve: en la ciudad siempre está cubierta por el polvo y el hollín de las fábrica. Sólo en los campos y en los bosques permanece totalmente blanca. Las canciones que coleccioné tienen el aroma de la taiga. Sin darme cuenta de ello, comenzaba a escribir versos del género folklórico. Quería que ellos tuvieran, también, el olor de la taiga. Ahora se me pregunta con frecuencia quién fue mi maestro poético. Desde luego, fue la taiga”. Descubre la solidaridad de clase espontánea (cuesta creerlo, ¿verdad?) por parte de los desgarrados ciudadanos soviéticos con la tropa del enemigo alemán, y resulta admirable y sobrecogedora la anécdota. El poeta halla el poder de la fuerza, el de la lucha por la vida, el valor de la rebeldía y del trabajo.

Y cómo no va a encontrar la ternura...”Una vez, descubrí con espanto que tenía piojos. Mis ropas estaban cubiertas por esos parásitos repugnantes. Tan desesperado estaba que no sabía qué hacer. Me interné muy lejos en la estepa hasta encontrar una antigua cantera abandonada. Allí me desvestí completamente y comencé a espulgar mis vestiduras. Desnudo, solo, temblando de asco y de frío, me aborrecía a mi mismo...Repentinamente vi alargarse una sombra delante de mi. Levanté la cabeza y advertí al borde de la cantera a una joven campesina de pies desnudos, que me miraba. Me adosé a la pared de tierra, con el deseo de que me tragara. Me cubrí el rostro con las manos y me puse a llorar avergonzado...Me miró tiernamente con sus ojos azules, tan azules que brillaban bajo sus largas pestañas negras, y me dijo: ¿Por qué lloras, tontito? Ven conmigo. Me vestí, no sé cómo, y la seguí, con la cabeza baja. La campesina me preparó un baño, me lavó como a un niño y me metió en la cama...Acostado, seguía estremecido por los sollozos...¿Por qué no te calmas, tontito? No tengas tanto miedo de la gente. La gente te ayudará siempre que estés en apuros –me dijo acariciándome la cabeza. Traté de librarme y, a pesar mío, me puse a llorar otra vez...Con su intuición femenina, la muchacha adivinó mis sentimientos. -¿Qué es lo que tienes metido en la cabeza? ¿Que eres desagradable? Pero no eres en absoluto desagradable. Levantó el cobertor y se deslizó cerca de mí; contra el mío, su cuerpo vigoroso guardaba un perfume de madera cortada y de jabón.”


Persigue sus descubrimientos del internacionalismo, la aparición del demonio encarnado en otros hombres donde muestra una historia de un hombre retorcido, caso que no es infrecuente encontrarse en la vida. Repasa el hallazgo de la carrera literaria, la lectura devoradora de los autores occidentales, el sentido de la poesía, tal vez hoy cuestionado pero entonces tan sacramente revelador. “Repentinamente, un joven vino a hojear varias compilaciones de poesía y tomó mi libro. Me helé en una espera ilusionada. Pero el joven, tras haber echado un vistazo sobre algunas páginas, volvió a poner el libro en su lugar...-No es lo que busco, dijo a la vendedora. Tengo una amiga, una muchacha encantadora, que ha perdido la confianza en la vida. Quisiera hallar alguna cosa que le ayudara a encontrarse, pero...todos esos poemas ¿qué son?: sólo palabras que nada tienen que ver con la vida.”

También descubre el verdadero rostro de Stalin y el de la bestialidad de la masa...”Sentí que esa masa ciega (en el entierro de Stalin) me llevaba como a un pedazo de madera zozobrante, impotente, sobre el agua. Me llevaba derecho hacia un poste de alumbrado. Tuve la impresión de que esa cosa metálica marchaba implacablemente hacia mi. De pronto, una niñita apresada contra el poste gritó de horror. No oí su grito en medio de las lamentaciones y de los suspiros, pero vi en su rostro como una imagen inolvidable del Apocalipsis. Sentí en mi cuerpo el quebrantamiento de sus huesos frágiles y, horrorizado, cerré los ojos para no ver la mirada azul de esta niña agonizante.” Todo un consumatum est del culto a la personalidad totalitaria que no sólo aborrega sino vuelve ciega, abyecta y renunciante a la masa. Y en ese arco de descubrimientos habría que incluir la deificación del trabajo bajo el que se justificaba todo el montaje estatalizador, el del riesgo de la poesía y su premiada fidelidad. En su joven recorrido vital, Evgueni Evtushenko comprende el carácter y la tradición combatiente del poeta en Rusia, vinculada secularmente, según él, a su compromiso político.


Escuchar experiencias y conclusiones de juventud de un poeta, escritas hace más de cuarenta años. Sorprenderse con la complejidad de que no hay dos lugares del mundo iguales, aunque las coincidencias salpiquen las culturas, y que algunos rincones son mucho más difíciles y hoscos que otros. ¿Admitirá todavía hoy el poeta su propia autobiografía? ¿O le parecerá ahora excesivamente precoz? ¿Garantiza la partida temprana la potencia que exige una carrera de fondo? Cuando el poeta ruso escribió este libro aún faltaba una treintena larga de años para que el dogmatismo y todo su complejo se viniera abajo. ¿Qué pensará él ahora de los vericuetos por los que se desliza apresurada y salvajemente su país adorado? Piense lo que piense Evtushenko sobre la vía rusa de estos momentos irredentos más que redentores hacia el libre, competitivo y bestial mercado, lo cierto es que Autobiografía precoz está poseída de una tajante sinceridad, una sencillez cálida y una voluntad generosa por superar los malos tiempos. Porque como él decía, el principal educador del hombre es la experiencia de su vida.



(La fotografía de las jóvenes rusas es de Henri Cartier-Bresson. En verde, Evtushenko)

miércoles, mayo 02, 2007

La raya


Debes saber que hay una raya. La veas o no, la hay. Cuidado con esta hendidura, no es la raya verdadera. El firme no es seguro. Mira mis pies, señalan el límite. ¿Te gustan mis zapatos? El floreado hace muy alegre, ¿verdad? Aquí hay una raya, tal que así. Tú puedes estar hasta aquí. Yo a este lado. Imagínala, siempre es así. ¿Te gusta mi vestido? No, no te preocupes, no importa el terreno. No es de nadie. Como si no hubiera superficie, como si flotáramos. El suelo no indica nada. Somos tú y yo las que lo trazamos y nos lo repartimos. Me gustan tus medias. ¿Alguien mira el suelo? Sí, mucha gente mira al suelo, no levantan los ojos del suelo, algunos incluso se arrastran, pero no ven nada. Con esa falda tus rodillas hacen muy bonitas. No debes tropezar, se te herirían. Algo peor: se te vería la sangre, luego las costras. ¿A quién de las dos crees que mirarán más los hombres? Los hombres miran el suelo, pero no lo ven. Muchos andan dejando caer el pescuezo sobre el pavimento pero son incapaces de fijarse si es de baldosa, de brea o de tierra. Ni siquiera se fijan en las cucarachas. Peor: miran a otras personas como si fuera el firme. Tienen mirada imprecisa, insegura. Nos miran a nosotras como si sólo fuéramos parte del paisaje. No te sorprendas. Te acostumbrarás a ello. No importa. Así pareces una colegiala, pero no eres una colegiala, dejamos de serlo hace tanto. Qué reencuentro. Ahora eres mi amiga, mi colega, mi compañera de trabajo, de diversión. Demasiadas horas. Nos apoyamos. ¿Qué miran más los hombres? ¿Mis piernas o tus medias? ¿Mis zapatos o tus rodillas? Lo importante es tener claro dónde está la raya. No lo olvides. La tuya, la mía, la que cualquiera de ellos querría traspasar. Mira, ya suena la música. Procura no pisarme. Déjate llevar, como de pequeñas. Ahora eres más alta, pero sigues flaca. No me pises, eh. A ver, deja que te sujete. Como si nadie nos viera. Este mismo tango lo bailamos tantas veces.

martes, mayo 01, 2007

La ternura

LA TERNURA

Evgueni Evtushenko



¿Dónde y cuándo se puso eso de moda?
“Indiferencia por los vivos,
atenciones con los muertos”.
Los hombres van encorvándose,
aficionándose a la bebida.
Los hombres desaparecen, unos tras otros,
y se pronuncian para la historia
tiernos discursos sobre ellos,
en el crematorio...
¿Qué quitó la vida a Maiacovski?
¿Qué le puso el revólver en la mano?
A él-
con su voz,
y su apariencia-
debiósele dar en vida
una mala pizca de ternura.
Los vivos son un estorbo.
Sólo después de la muerte se premia con la ternura.


(La pintura es de Malevich; en la foto de abajo, Maiacovski)